Opinión

Riesgos del azar

Riesgos  del azar

Existen personas y naciones a las cuales los acontecimientos que les impactan les sorprenden como viento súbito que los estremece, que hace sacudir sus zonas de confort, eventos en los que parecería que nada tuvieron que ver, para los que no estaban preparados, sin percatarse, al menos en lo inmediato, que nada resultó fortuito, sino que todo lo que hicieron sirvió para preparar el terreno de tal manera que lo ocurrido era lo único que podía suceder.

Lo triste es que al echar una mirada hacia el pasado que se creía inmutable y blindado ante turbulencias perturbadoras, se hacen relecturas de las conductas asumidas y se comprueba con desaliento que siempre se procedió contrario a lo que el más elemental sentido de la lógica y la prudencia sugerían.

En ese momento laceran los sentimientos de culpa, las autopenalizaciones, las depresiones y una dificultad inmensa para perdonarnos a nosotros mismos por haber actuado con tan precario sentido de racionalidad.

El riesgo de que tales infortunios nos afecten, sea en términos individuales o colectivos, es proporcional a nuestros índices de desarrollo humano, a nuestra formación educativa, a la mayor o menor capacidad de ejercicio consciente de la libertad, en fin, a las posibilidades de actuar con independencia de criterio, sin imprescindibles muletillas económicas e ideológicas que nos fuerzan a amordazar íntimas convicciones para adherirnos como papagayos al coro que repite consignas preestablecidas por otros, por ironía, los beneficiarios de nuestra genuflexión.

Esos atributos representan una descripción fidelísima de características de las cuales carecemos como pueblo, que nos convierte en amasijo frágil sometido a designios de intereses que para nada incluyen en sus propósitos el engrandecimiento equitativo de una población merecedora, pero al mismo tiempo responsable de tales niveles de manipulación, lo cual se asemeja a una embarcación sin puerto seguro y, por lo tanto, para la cual ningún viento resulta propicio.

No obstante, las políticas públicas destinadas a favorecer solo una parte reducida de la pirámide social, la que ocupa su cúspide, más tarde o más temprano precipitan reacciones que se escapan incluso de las manos de sus auspiciadores, generando situaciones del tipo de las que vengo comentando, para las que no disponemos de respuestas porque surgen al margen de nuestras miopías y, por eso, deben ser enfrentadas de forma improvisada, colocándonos en el filo de la navaja, con los peligros que implica el azar. De esa manera visualizo el presente dominicano.

El Nacional

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