El poeta Roberto Fernández Retamar, presidente de Casa de las Américas, quería que al partir se le escribiera este epitafio:
“Puso a disposición de los hombres lo que tenía de inteligencia. Les entregó lo que tenía de coraje. Hizo su parte llegado el momento. Al final, declaró que volvería a empezar si lo dejaran”.
Nada de sofismas, de frases grandilocuentes, de demostración de falsa o genuina brillantez, o inteligencia, porque así era el más brillante e inteligente de los poetas e intelectuales de Cuba.
Así también era su poesía.
Alumno de Camila Henríquez Ureña, a quien citaba con gran cariño, admiración y respeto, y con su ejemplo como ley de vida, parafraseaba: “Lo que importa en la literatura es que nos entiendan, un intelectual que se respete debe rendir culto a la sencillez. La literatura no es un ejercicio para diferenciarnos de los otros, es un puente que tendemos hacia su inteligencia emocional, y luego a su comprensión.
Todo poeta es un maestro, de su reconocimiento se encargara la posteridad.” No es un pavo real en el pequeño corral de las vanidades.
De esa sencillez habla este maestro de la poesía coloquial, quien como Ernesto Cardenal, otro reconocido cultor, se dio a conocer en 1950 con su poemario: “Elegía como un Himno”.
Su filosofía poética: “Felices los normales” lo catapultó como una de las grandes voces poéticas del continente; y “Con las mismas manos” y “Y Fernández? Lo consagraron, junto con los muy amados Eliseo Diego y Pablo Armando Fernández, como uno de los poetas fundamentales de la cultura cubana.
Empero, si su poesía era un canto a la nueva humanidad que se estaba gestando en la cultura cubana, es en su ensayismo donde conocemos la vastedad de su pensamiento, de su labor intelectual. Su ensayo “Calibán” es un clásico de la reflexión latinoamericana y caribeña; así como “Para una teoría de la Literatura Hispanoamericana”. Otra de sus pasiones era José Martí, cuya obra inspiro sus ensayos sobre la descolonización cultural de nuestra América.
Roberto, repito, fiel discípulo de Camila, realizo una gran labor docente en la Universidad de La Habana y en la dirección de Casa de las Américas, (desde 1965), sin duda la más prestigiosa referencia cultural de continente.
En el epitafio para Haydee Santamaría (primera directora de la Casa), resonaron sus palabras: “Es necesario decir que ahora estarás con nosotros, en nosotros, pero desde ahora somos más pobres, aunque nos acompaña para siempre el honor de haber trabajado bajo su guía, bajo su aliento, que seguirá estando orgulloso y entrañablemente conmovido, a nuestro lado”.
Gracias poeta, por tu franca risa, finísimo humor, la calidez de tus abrazos.

