Finalizaba el 1981. Salvador se preparaba para su campaña por la precandidatura presidencial del PRD. Yo salía para Moca para estar presente en el sepelio del recordado amigo e ilustre mocano, Lic. Rogerio Espaillat, ex senador de la República.
Sonó mi teléfono y era mi amigo, Salvador Jorge Blanco, a quien no veía desde hacia una veintena de años, aunque me mantuve informado de su gestión destacada durante la Revolución de abril. Salvador me invitaba para que hablaramos de ciertos temas. Me excusé por mi viaje a Moca pero me insistió en que lo visitara a mi regreso. Invitación que acepté con mucho gusto.
Al otro día llegaba yo a casa de Salvador y Asela quienes me recibieron acogedores.
Salvador me sorprendio: quiero que escribas un articulo en que testimonies que yo no soy comunista. Tras mi asombro, me explicó. Un candidato adversario había regado que Salvador, en lo profundo de su espiritu, era un izquierdista disfrazado, más aún, un comunista.
La acusación se basaba en su destacada presencia en la Gesta de Abril y su abierta actuación contra la represión política del Gobierno del Presidente Balaguer que incluía a varios izquierdistas.
Salvador había abierto su Bufete de Abogados de Santiago a favor de esos perseguidos políticos o presos políticos a quienes irónicamente Balaguer llamaba políticos presos. La campaña de Salvador a favor de los Derechos Humanos y su defensa como abogado dio pie a la acusación de comunista.
Y añadió: un articulo tuyo aclaratorio podria ser definitivo.
Al segundo trago de whiskey junto a Salvador y Asela les respondí: Con mucho gusto. Esa encomienda me será muy fácil porque yo te conocí en los albores de la creación de la Asociación Pro Desarrollo de Santiago en 1962.
Por medio de mi inolvidable amigo Eduardo León Asensio, ahí conocí, y trate, ante todo, el ilustre abogado y ejemplar ciudadano, Lic. Marco Cabral Bermudez, el ideologo, también entre otros, a Antonio Guzmán Fernández, a Salvador, a Tomás Pastoriza Espaillat, Poppy Bermudez, Alfonso Mera Checo, Victor Espaillat Mera, Jose Augusto Vega Imbert y, a uno de los que quedan vivos, el Dr. Alejandro Grullón Espaillat, quien, en definitiva, creo la más grande obra de desarrollo económico que idealizó aquel grupo, el Banco Popular Dominicano.
El grupo de Santiago como muchos los denominaban, de raigambre profundamente democrática, incluso veladamente durante el trujillato, abrió los ojos ante la aurora de la libertad nueva y optaban por una institucionalidad definida de la nación.
Fue el hecho más luminoso que presencie entonces.
Por eso, rechazaron igualmente el golpe de Estado contra Bosch y las escaramuzas continuistas de 1978.
Salvador, siempre, marcho airoso en la sustentación de estos principios y en primera fila.
Claro esta, que ninguno de aquellos prestantes ciudadanos y enteros democratas iba a tolerar en el seno de la Asociación la más leve brizna heterodoxa.
Tras escribir el artículo, recibí una llamada de mi viejo amigo, después Embajador Jorge Yeara Naser, estrechamente vinculado políticamente a Salvador y su vecino de quien lo separaban solo dos puertas y el doblar de una esquina. Salvador y Asela me invitaban a almorzar en el exquisito y discreto restaurant chino Mario, frente al Parque Independencia. Agradecí la invitación, y asistí con verdadero placer.
En aquellas visitas comprendi que Salvador y Asela se compenetraban tanto en todo su quehacer vital y actuaban tan coordinadamente que habían llegado a lo que se podria llamar la unicidad de dos personalidades. Así los visualice entonces y todo el resto de mi vida en una amistad que se realizo hasta el día de la muerte de ambos.
Después me invitaron al cumpleaños de Salvador y a otros eventos socialpoliticos en su hogar. No faltó allí un tonto inmaduro que me rechazara. Fiel a mi tradición del concepto de la amistad, con todos y para el bien de todos, como escribió Martí, disfrute de aquellos eventos a pesar de la distancia política, que llegó a lo personal, de ellos con otras antiguas y arraigadas amistades mias con otros amigos también políticos. Siempre me senti bien con todos ellos.
Recuerdo una prima noche en que yo recibí una invitación informal a la residencia de Salvador y Asela. Al llegar me indicaron que se encontraban en una rigurosa reunión politica a puerta cerrada. En la antesala me encontré con viejos amigos dirigentes distinguidos del PRD, los tres de la región Este del paÍs.
Asela salió un momento de la reunion y minutos después, una empleada me brindo un vaso de whiskey a la roca al decirme que me esperara un momento. Lo cual provocó reacciones de chanza y afectuoso reproche de parte de los políticos amigos que esperaban.
Terminada la reunión me indicaron que entrara. Salvador gesticuló: Traigan otro whiskey para Dorta, uno para Asela y otro para mí. Al primer tragó me dirigí a Salvador: Salvador, ¿y que estamos nosotros tres celebrando aquí?. Te llamé para informarte de nuestra última encuesta. La ventaja superaba las expectativas.
Lamente mucho todo el dolor que inflingio a Salvador y Asela y a sus hijos, Orlando y Leticia, el fiasco político-jurídico que lo persiguió pasado su gobierno. Poco después, alcance a comentarle a Salvador, que no había leído en la prensa una acusación que no alcanzara por igual a los gobiernos que yo había conocido hasta entonces.
Después me volviera a reunir con Salvador y Asela no los volví a ver formalmente hasta que un dia recibí una llamada de mi amigo Salvador. Su intención era que me reuniera con ellos para una sorpresa.
Llegué puntualmente a la cita, sin presentir que era la ultima, y allí me esperaban, gentiles y amables, como siempre, Salvador y Asela. La sorpresa fue un ejemplar de su libro: Guerra, Revolución y Paz, historico, literario, veraz porque Salvador, honesto en todo, solo narro lo que sucedió a su alrededor. Al pie, una sentida dedicatoria firmada por Salvador y Asela.
Después, no nos volvimos a ver pero nuestra amistad se mantuvo perenne hasta la sentida hora de sus lloradas muertes.

