Profeso respeto y admiración por las personas coherentes. Una de las cosas más difíciles en la vida es ser fiel a nuestras convicciones cuando llega una oportunidad en que honrarlas nos produce un perjuicio circunstancial o nos priva de una ventaja material. Es la hora de los hornos en las que tantos pierden la piel. Si existe una necesidad imperiosa y la certeza de que no seremos descubiertos, la tendencia es traicionar nuestra intimidad.
¿Qué es la coherencia? Ser coherente es, al menos en el contexto de estas líneas, preservar la armonía entre el conjunto de principios y valores que proclamamos poseer y las conductas públicas y privadas que asumimos. Lo contrario es la disonancia entre nuestros postulados teóricos y las prácticas ejercidas, ese ruido ensordecedor y lastimoso que nos impide, al ver lo hecho, escuchar lo dicho.
El incoherente, en esa tesitura, suele ser simulador. Pretende recabar y forjar un prestigio sustentado en el afán por mostrar prendas de las cuales carece. Un decorado de mentira, un barniz atiborrado en una superficie que apenas se lima expone a la superficie toda la miseria que vanamente escuda. Casi siempre se le ve disfrutar, empeñado en proyectar una imagen falsa de bienestar, pero el tribunal de su conciencia lo penaliza y vive persiguiendo nuevas fórmulas de procurar una felicidad huidiza. Es digno de pena.
Prefiero mil veces al coherente conocido, aun discrepando su coherencia de la mía, que al dúplice que semeja ser lo que no es. Con el primero se conoce el terreno que se pisa. No hay temor a las sorpresas ni a las trapisondas propias del segundo, quien nos sorprende desprevenido ante los insólitos éxitos que cosecha su estrategia perversa. De ahí la frecuente felonía que duele, no tanto por el hecho consumado, sino por lo vulnerable que nos hace descubrir.
Una estigma interesada se intenta atribuir al coherente, que si terco, que si intransigente, que si desfasado, que si difícil; nada sorpresivo en una humanidad aniquilada en sus valores, vencida ante la preeminencia del tener sobre el ser y a punto de colapsar, víctima de los propios monstruos que su irracionalidad ha forjado.
Es en ese contexto que se agiganta el paradigma de coherencia que fue la vida de José Saramago, un hombre universal que optó por morir aferrado a sus ideas y construir un ejemplo que será referente en el proceso de intentar revertir tanta náusea.

