Hacer un análisis superficial de las encuestas publicadas sobre preferencias políticas podría conducir a una conclusión equivocada respecto al bipartidismo que reflejan. Es cierto que entre ciudadanos dispuestos a acudir a votar, la gran mayoría tiene preferencia por los dos grandes partidos del espectro político nacional.
No obstante, resulta fácil descubrir que son más las personas indiferentes ante esas dos opciones. En ese sentido, de ser posible conquistar la adhesión de una parte significativa de ellas, en ese instante quedaría pulverizada la concentración en las dos organizaciones de referencia.
Más que por un asunto de auténtica identificación, el PLD y el PRD se preservan como las entidades que más puntuación concitan porque eso ocurre dentro de un electorado compelido a elegir entre un menú que no ha sido capaz de diversificarse y ofrecer alternativas con potencial de seducción.
Es comprensible la humana resistencia a no sentirse motivado a acudir a un colegio electoral a depositar un voto por una opción de antemano desprovista de posibilidad de competir con un mínimo de oportunidad, o lo que es peor, tomar la decisión de apoyar, ante la carencia de ofertas, a quien se considera el mal menor entre quienes de forma indefectible ganarán.
Los sectores auto proclamados alternativos, no han sido humildes para reconocer su cuota de responsabilidad ante su ineptitud histórica para constituirse en la fuerza que pueda concretizar el cambio que tanto han proclamado. Esa minusvalía, lejos de convertirlos en víctimas de un sistema electoral inequitativo, lo ha hecho parte del problema, al punto de ser tan tradicionales como los tradicionales partidos que pretenden suplantar. Necesitamos entonces la alternativa de lo alternativo.
Ante el cuadro electoral en perspectiva que se nos presenta, todo parece indicar que la historia se va repetir. A apenas 9 meses de las elecciones, en el frente que podríamos calificar de progresista, liberal o como se desee, se están promoviendo diversas ofertas que desde ya se saben carentes de las herramientas requeridas para derrotar un sistema que todos sabemos que está agotado, pero que no se le asesta el golpe definitivo que lo derribe de manera irreversible.
Es evidente que han permitido que pequeñeces y mezquindades se coloquen por encima de una real disposición de aportar los niveles de desprendimiento requeridos para que la nación pueda disponer real y efectivamente de una propuesta nueva. Eso, penoso es admitirlo, autoriza a concluir que son tan viejos como todos.
