José Rafael Sosa
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El Show del Cabo, a mirada simple, parecería una acción oportuna de mercadeo para sacar provecho por boletería de un personaje muy destacado procedente de una serie de televisión, pero tras verlo, lo que se revela apunta por otros rumbos.
Robinson Díaz evidencia un notable desempeño de sus condiciones de intérprete de humor, respaldado por otro talento no menos profesional, Alberto Barrero, pero en el fondo la principal valía es la evidencia de que Colombia es grande a la hora de burlarse de sus propias miserias sociales.
Quien protagoniza El Show del Cabo no es Díaz Uribe, un profesional del actuario de exageraciones e incidencias, a partir del personaje que representa como traqueteador de drogas, signo de una de las más profundas tragedias nacionales.
Dar un tono de risa sentida con un mensaje positivo para dejar claro que el delito no paga en ninguna de sus formas, es el valore de este montaje.
Robinson Díaz sabe satirizar, memoriza en detalles los aspectos locales que inserta en su parlamento, modula sobre un acento nacional que regula con gracia y orgullo a un público fundamentalmente “no teatral” atraído a Bellas Artes como fiesta de cumpleaños con payasos y piñata, para reír de buena gana. El humor visceral colombiano se rehace en disección vestida de ironía, exageración y sarcasmo de la vida del delincuente profesional en sustancias tan lamentables como conocidas y en su mercado ilegal.
La experiencia de humor con El Show del Cabo, vale más de lo que se paga por ella, sobre todo si se enfoca socialmente y se comprueba cuan formidable es un pueblo capaz de no detenerse por nada en su camino hacia la paz y presto a desechar las rutas de la ilegalidad generalizada.

