Sin Maduro ni Chávez, el madurismo / chavismo no desaparece, pero pierde su sustento. No se mantiene en el poder. Sigue como asomo o amenaza, quiescente. Punto final.
Como el trujillismo sin Trujillo y el balaguerismo sin Balaguer. Facturando, forzando una vigencia intermitente en tanto se extinguen. Agotando un ciclo vital natural con gravitación más por inercia que por una activa presencia.
Su influencia, como la de todos los dictadores que se han excedido, abusando del poder, se torna fantasmal, inmaterial, apenas inquietante. Algunos de sus miembros pueden ser parte de la transición solo si asimilan y asumen una necesaria reconversión que niegue o deje atrás el pasado.
Compromiso que promete cumplir la vicepresidenta Delcy Rodríguez quien juró como presidenta interina y cooperará con EE.UU., una apuesta que busca estabilidad institucional. Desde luego, genera dudas sobre un cambio real de poder, dada su procedencia y discurso político.
Suprimida la poderosa presencia de Maduro, todo el andamiaje en que se desenvolvió se volverá añicos y dispersará brevemente. Los días por venir no dejarán la menor duda al respecto.
Ausente el factor de cohesión, la unidad y soportes desaparecerán. Una sola golondrina no hace primavera, Delcy sin Maduro está obligada a tomar otro rumbo.
Se rompe la taza, cada quien a lo suyo. Comienzan las disputas en las que afloran celos y rencores. Recelos y enemistades ocultas. Obra el mismo patrón que marca el final de un régimen que, en su momento, se creyó infinitos e indestructible.
De manera que con los acontecimientos se inicia la cuenta regresiva de los días del chavismo / madurismo. Las dudosas circunstancias en que trató de perpetuarse reiteradas veces son motivos suficientes para descalificar e ilegalizar sus mandatos.

