No importa lo señalado por muchos tratadistas. Ni Santana, ni Báez, ni Lilís, ni Trujillo, ni Balaguer fueron verdaderos demócratas, aunque es un término moderno, quizá no aplicable a gobernantes del siglo XIX.
La constante en ellos fue que nunca respetaron los derechos de los otros Poderes del Estado, y menos aún el derecho de los ciudadanos. Amparados en el artículos 210 de la Constitución de San Cristóbal, o en el 55 de la Constitución vigente, centralizaron el poder en sus manos. Ejercieron un autoritarismo arbitrario y cruel, perjudicial para los intereses nacionales. Como Fuenteovejuna, todos a una, convirtieron la Constituciones en pedazo de papel.
¡La fiebre no esta en la sábana! Lo dañino no es la reelección per sé, sino los desmedidos poderes que le atribuye la Constitución al Ejecutivo y que hoy quiere aumentar el doctor Leonel Fernández con su proyecto de contrarreforma total.
Aumentemos los poderes al Legislativo y al Judicial, no los rebajemos.
Con rara excepción, puede mostrarse el ingeniero Hipólito Mejía como demócrata cabal, quien en el uso del poder fue llamado «atípico», pero no arbitrario ni abusador y en la competencia interna no atropelló a sus competidores como con dolor expresó Danilo Medina de su ayer hermano: «Me aplastó la fuerza y el poder del Estado»
Tuvo el coraje de nombrar a la esposa de uno de sus rivales, en la campana interna, para que no se alegara que él, desde el Ejecutivo, tomaba medidas contrarias a los intereses de su contendor. Además, a su principal rival en la competencia interna la escogió como compañera de boleta.
Nada habla más y mejor de la calidad y reciedumbre democrática de Mejía que su derrota en las elecciones de 2004. Por no usar el autoritarismo, expresado en nominillas y compras de dirigentes de otros partidos, como los usó en el año 2008 el doctor Leonel Fernández, prefirió perder y bajar con la conciencia tranquila y la frente en alto.
Por este carácter egocéntrico y reaccionario, los dominicanos y muy en particular los perredeístas, debemos alejamos de Leonel Fernández y de Miguel Vargas Maldonado. El poder debe repartirse. Esto nos enseñó el doctor José Francisco Peña Gómez. Cerremos filas junto al doctor Enmanuel Esquea Guerrero u otro dirigente de ese calibre que no aspire a todo para él, como mejor operación para presidir el PRD y luego, en el 2012 decidamos si Miguel o Hipólito.
En la convención de junio, distribuyamos el poder. No lo entreguemos todo a un solo grupo 0 tendencia. Si, como Miguel Vargas Maldonado afirma, cuenta con el 90 % de las preferencias de las bases del Partido, debe volcar ese caudal sobre uno de los dirigentes de su tendencia y llevarlo a presidir el PRD.
Que envíe al PRD y al país el bello mensaje de que él respeta los Estatutos y la Constitución. Que no se convierta en aplanadora sobre los otros sectores que forman el Partido. Esta actitud sería, a la larga, muy en especial para la campana del 2012, paralizante. Para ganar, se necesita sumar, no restar.

