La respuesta debe ser contundente y con un no napoleónico: nunca hemos sido un pueblo de ladrones. La historia de la República Dominicana constituye uno de los grandes ejemplos de lo que es capaz de hacer un pueblo para no perecer.
No creo que exista un pueblo que haya librado tantas batallas y haber pasado tantas vicisitudes como el nuestro. Basta recordar que iniciando el siglo XV11, sólo éramos más o menos 16 mil habitantes y con una crisis tan espantosa, que el pago a los funcionarios de la Real Audiencia de Santo Domingo, se hacía con dineros enviados desde México, lo que se conoce en nuestra historia como el Situado.
No hay dudas que quienes estaban llamados a convertirse en dominicanos a partir del 1844, libraron grandes jornadas de luchas: terremotos terribles, invasiones imperialistas en busca de territorios, la debilidad y terquedad de España, la despoblaciones de osorio o del rey de España Felipe 111 que fue quien dio la orden.
Estas devastaciones tuvieron consecuencias trascendentales para el país, pues ahí estaba la semilla del nacimiento de Haití.
Está claro pues que la historia de nuestros grandes hombres no es la del robo, sino la de luchar para forjar un pueblo heroico como lo hemos sido en múltiples ocasiones. Los gobiernos siempre tendrán personas corruptas. Las múltiples modalidades de corrupción siempre estarán en sociedades como la nuestra.
El compromiso es denunciar y aplicar un régimen de consecuencia que rompa la posibilidad de que un sargento o coronel quiera casarse con la gloria ante el fracaso del sistema de partidos. Debe quedar bien claro para enseñanza de nuestros jóvenes: el pueblo dominicano no ha fracasado.
Los corruptos, que los ha habido en todos los gobiernos, no son el pueblo. Y además, nuestros grandes prohombres y líderes nacionales nos dejaron como legado la honestidad y el desinterés por las cosas materiales.
Duarte es el mejor ejemplo del político honesto y de principios éticos. Y si nos acogemos a la verdad histórica, estamos compelidos a admitir, que Joaquín Balaguer, Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez murieron sin que se les conociera riquezas materiales.
Solamente hay que ir a cualquier barrio de la capital y ver como salen de los callejones, cientos y cientos de jóvenes a acudir a sus puestos de trabajo para hacer de la República Dominicana un país más próspero. Es innegable de que atravesamos momentos difíciles, pero jamás debe perderse la fe de fortalecer nuestras instituciones mediante la aplicación la ley.

