Opinión

SUFRAGIO

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Partidos sin democracia

 

En cada uno de sus discursos a la Nación el líder se ha comprometido ante su pueblo a defender la democracia. Y, fiel como un perro guardián el militante celebra y defiende la pieza oratoria, sin reparar en la paradoja de que ese mismo hombre que frente al electorado dice ser un demócrata, encabeza una cúpula antidemocrática que gobierna a su partido como la más soberbia de las tiranías. Ese antiguo retrato de los partidos políticos se mantiene inalterable. Es el mismo que observó Robert Michels a principios del siglo veinte cuando elaboró su fórmula sobre la ley de hierro de la oligarquía, y sentenció que, «siempre el líder buscará incrementar o mantener su poder, a cualquier precio, incluso olvidando sus viejos ideales”.

Sin embargo, en estos tiempos en que se le abrió la puerta al neoconstitucionalismo, no hay manera de justificar el acentuado déficit de democracia interna que se observa en los partidos políticos. El hecho de no haberse aprobado una ley de partidos casi cuatro años después de constitucionalizada la democracia interna de éstos mediante el artículo 216,que dispuso que,“…Su conformación y funcionamiento deben sustentarse en el respeto a la democracia interna y a la transparencia, de conformidad con la ley”, demuestra que las cúpulas pretenden ignorar ese mandato constitucional en perjuicio de sus militantes y simpatizantes.

Ha sido una práctica de las élites partidarias dificultarle a sus militantes el acceso a los cargos de dirección partidaria y de elección popular -mediante maniobras antidemocráticas- con el doble propósito de perpetuarse en la dirección de los partidos y de monopolizar los cargos de elección popular para repartirlos convenientemente entre sus más cercanos colaboradores. Como consecuencia de la mentalidad oligárquica de la clase dirigente, los partidos se están viendo afectados por una profunda y prolongada crisis en su valoración social, motivada por diversos factores entre los que juega un papel preponderante su falta de renovación.

Entonces, cabe preguntarse: ¿Qué pasaría si el Poder Ejecutivo o el Legislativo decidieran extenderse el mandato más allá de los cuatro años que dispone la Constitución? Nadie dudaría en responder que se trataría de un golpe de Estado, contra el que se levantaría el pueblo reclamando el retorno a la constitucionalidad. Eso ha ocurrido en los últimos años en los tres principales partidos y ha sido aceptado con preocupante normalidad.

Finalmente, para medir la democracia interna de los partidos se deben considerar elementos como la libertad de expresión y de participación de sus miembros, la celebración de elecciones en períodos pre-establecidos para la escogencia de los cargos de dirección, la libertad de elegir y ser elegido en los cargos de dirección y en las candidaturas a cargos de elección popular, mediante procesos competitivos y equitativos, la reunión de sus organismos dentro de los plazos establecidos en los estatutos y la rendición de cuenta a los miembros. Como se puede apreciar, ninguno de nuestros partidos pasa la prueba. Todos están secuestrados por sus cúpulas dirigencia

Eddy Olivares Ortega
ej.olivares@hotmail.com

El Nacional

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