Edinson Vólquez cumplió con el país. Ganó el choque que llevó al equipo dominicano a la final del Clásico Mundial de Béisbol.
Vólquez era una incógnita y los dominicanos tenían los dedos cruzados, a pesar de que los conocedores del béisbol saben la calidad del lanzador quisqueyano.
En su presentación contra Italia concedió tres transferencias y permitió cuatro anotaciones.
Anoche, fue diferente, embasó dos holandeses por bases por bolas, pero logró reaccionar y sólo le anotaron una.
De ahí en adelante Vólquez lució como un gigante.
El serpentinero, en cinco entradas, permitió dos hits, una carrera, ponchó cinco y transfirió dos.
Edinson debe sentirse feliz, pues había anunciado que lograría la victoria. Y así lo hizo.
¡Qué bueno! Me siento alegre por el triunfo de RD y Vólquez.
Moisés Sierra
El jardinero Moisés Sierra hizo una atrapada de leyenda que pasará a la historia del Clásico.
Se metió dentro de los fanáticos para, con su mano enguantada, capturar un batazo por el bosque izquierdo que parecía era imposible atrapar. Fue una jugada clave.
Sierra, luego con Carlos Santana en la intermedia, disparó doble, impulsó con cañonazo al receptor dominicano para que los quisqueyanos empataran el encuentro.
Santana y Sierra dieron dos dobles, uno detrás del otro para despertar la ofensiva criolla.
Hensley Meulens
Lean lo que escuchó Héctor Gómez en la conferencia de prensa de Hensley Meulens, manager de Holanda: Mi mamá es dominicana y mi papá es holandés, yo estoy en el medio de los dos.
Y agregó: Estoy feliz por mi madre y el pueblo dominicano, pero a la vez triste por mi padre y por mi país Holanda.
Guerra del plátano
Esta noche será la guerra entre el Mangú y el Mofongo.
El mangú es una tradición dominicana y el mofongo, boricua.
Los quisqueyanos y puertorriqueños van por la corona del Clásico.
¡Suerte, mucha suerte, compatriotas!
Hasta mañana, si Dios quiere, dominicanos.
Las inteligencias poco capaces se interesan en lo extraordinario; las inteligencias poderosas en las cosas ordinarias.
Una máquina puede hacer el trabajo de 50 hombres corrientes. Pero no existe ninguna máquina que pueda hacer el trabajo de un hombre extraordinario.
Elbert Hubbaert
