1. ¿Sobreviviré?
Moriré al final del día? ¿Sobreviviré a esta polución clavada como espasmo en mi angustia, a esta inmundicia que tañe las cuerdas del olvidado péndulo? ¿Cuál será la receta ideal para sobrevivir: la poción que contrasta con la tala del bosque, o la que impide la circularidad del grito? Algo en mí está crujiendo, algo en mí está buscando la perdida pasión para reivindicar los genes que mis ancestros recibieron en la desgraciada colonia y hoy se retuercen y gimen, pidiendo la corrección del rumbo que transitamos. Pero, ¿sobreviviré? Sé que todo descanso será en vano, porque volarán los anhelos, los anunciados intentos, las estrujadas antinomias de lo estético y, al final, mi suerte estará echada, sellando los júbilos donde los ángeles dormitan.
2. ¡Qué horror!
¡Qué horror! ¿Hacia dónde conducirán estos nudos que me ahogan, que establecen fronteras e iniquidades, despliegues y figuras yermas? ¡Qué horror! ¿Será que estos almacenados años de pleno desorden político, de giros constantes entre norte y sur, entre este y oeste, fijarán una plétora, una variante para operar lo inoperable, lo ya sentenciado en la propia historia, en las huellas cambiantes de mis genes?
3. ¿Bastará?
¿Bastará con los amagos? Tal vez, pero para lograrlo tendría que estamparme en la confusión de este llanto por brotar; cuajarme en lo elástico del cosmos y osar enfrentarme a los demonios de los timos con estas manos que ya tiemblan, que retuercen su furor golpeando las evocaciones o haciendo tamborilear las agonías. Pero, ¿bastará con los amagos, con las amenazas desde lo tierno, desde esos soles que enmudecen por asombro? ¿Bastará con un simple roce de esperma, con un brote de voz pálida y silbante? ¿Será suficiente —con un simple acto de fe— destruir la osamenta del apabullante statu quo y levantar los deseos de un pueblo enfurecido?
4. ¿Será posible?
¿Será posible? ¿Podría dejar vagar el sueño, permitir que se desplace sobre las mentiras, permitir que haga cabriolas esparcidas entre la impunidad reinante? Sí, podría dejar vagar el sueño, sacando lúcidas memorias de los horrores que vivimos y levantarme del escalofrío, esquivando las trampas. Sí, dejaré vagar el sueño hacia la historia que aprisiono entre piedras y disparos; luego habré de sobreponerme en el galope siniestro, deteniendo las lágrimas. Pero, ¿será posible? Sí, dejaré vagar el sueño, romperé para siempre las asechanzas del odio, del robo, del engaño y la mentira, permitiendo así que sobreviva la nostalgia de los goces.
5. ¿Y la esperanza?
¿Y la esperanza, dónde estará? ¿Quién la redimirá, impregnándola en el agricultor exhausto, en el obrero silente? Por eso habré de pisar las rabias, el bullicioso rincón de las jugadas y alzarme con los alientos del cansancio, con el altar de los viejos dioses, con las mariposas ocultas de las alamedas y amanecer descalzo entre la niebla.

