¿Qué Pasa?

Testigo

Testigo

Una fanfarronada

“Huye siempre como hombre sensato, a ser el libro de registro de infamias ajenas, pues te harás abominable y desalmado”. (El arte de la prudencia/Baltasar Gracián)

Hace apenas una semana el rapero dominicano El Lápiz inició una campaña de entrega de mascostas a niños de escasos recursos, ingresando así al reducido grupo de artistas que  devuelven al  público poco de lo que con su aceptación han logrado.

Este joven nativo del sector de Los Mina visitó, para esos fines, el programa “El Vacilón del Sábado” que producimos por la emisora Neón 89.3 FM, presencia que aprovechamos para felicitarlo por su loable decisión.

Quién nos diría que cinco días después El Lápiz sería apresado junto a dos de sus amigos, exponentes también del rap dominicano y sometidos a la justicia por consumo y tenencia de drogras, en este caso Marihuana.

A pocas horas de salir de la cárcel el joven rapero amenazó con demandar a todos los que escribieron y comentaron sobre el hecho, porque, supuestamente, se le fabricó una falsa  historia.

Y esta salida de El Lápiz debe ser vista como propia de un joven inexperto que busca tapar con una fanfarronada una falta que una parte de la sociedad dominicana le reprocha.

Olvida este joven intérprete que él y unicamente él es el responsable de ese acto y mientras se empecina en señalar con su dedo índice a los supuestos culpables de su error, tres dedos apuntan hacia él. Que haga la prueba.

Idolos de barros

Así como el caso de El Lápiz la historia del espectáculo local está preñada de ejemplos similares.

En el orden internacional la historia es más complicada y trágica.

Tanto aquí como en el plano internacional el negocio del entretenimiento cuenta con  figuras  que son seguidas y emuladas  por una fanaticada que no repara en los acontemientos que pueden desencadenar esas acciones.

Protagonistas del “showbussines”, individuos que por azar de la vida se convierten en figuras seguidas, admiradas, aplaudidas e imitadas, incapaces de soportar la presión de la fama, por lo que  terminan convertidos en ídolos de barros y cartón.

El Nacional

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