La vida se va en un ratico… lanzó esta frase la incorregible joven con toda la intención de penetrar el corazón de su progenitora. Y lo logró. Las punzadas que atacaron el pecho de su madre presagiaban un desenlace que marcaría para siempre a la muchacha. Minutos antes doña Mercedes reprochaba a Magalys (con 19 años de edad se consideraba la dueña del mundo) que llegara a la casa a las 5:00 de la mañana luego de una noche de fiesta en la casa de una amiga. La joven comenzó a cambiar su comportamiento al cumplir los 18, edad que esperaba desde la adolescencia, con la falsa premisa de que a partir de entonces no tendría que dar cuenta a nadie de sus acciones.
A las 4:00 de la tarde salió de la casa sin despedirse de su madre por la reprimenda de la mañana. Media hora más tarde el hermano menor la llamaba para informarle que doña Mercedes se encontraba en una habitación de un centro médico de Santo Domingo. Un infarto que no logró superar le llevó la vida cinco horas más tarde. Comenzaron los lamentos, pero el comportamiento de Magalys no cambió. Cuatro meses más tarde esperaba los resultados de una prueba de embarazo que resultó negativa, pero el doctor tenía otro resultado. Magalys estaba infectada de VIH. Al salir de la clínica, desorientada e impactada por la noticia, recordó aquella frase dicha a su madre con sorna: ¡La vida se va en un ratico!
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