Hablar en voz baja, no martillar, no bañarse en ríos y playas, no pelear, no discutir, eran los mandatos divinos en Semana Santa que convertían nuestro entorno en una especie de monasterio. El pasado Domingo de Ramos, mientras sorbía una buena taza de café, me vi niño, junto a mis padres y hermanos y reviví cada uno de esos mandatos que nos llegaban a través de las palabras convertidas en sentencias en voz de mi abuela materna. El tiempo todo lo cambia, y vaya que si lo ha cambiado, pero de manera tan radical que nos hace repetir una frase que en otras épocas rechazábamos: tiempos pasados fueron mejores. Vivimos tiempos en los que el respeto y la solemnidad por el significado cristiano de la Semana Mayor se ha ido de vacaciones. La modernidad, la democratización de las libertades, convertidas en libertinaje por la permisividad, han motorizado cambios que hacen añorar ese tiempo de asueto.
Al final de la taza de café recordé una sentencia de mi abuela doña Goya que empezaba a ver cómo una tradición cristiana comenzaba a dar señales de cambios:
con el paso de los años, en vez de fiesta de guardar, la Semana Santa será convertida en fiesta bacanal.
Cuánta razón tenía!

