Pablo Neruda era de opinión que los que no se atreven a conversar con quienes no conocen, los que no giran el volante cuando están inconformes con su trabajo, los que no arriesgan lo cierto ni lo incierto para realizar un sueño, y los que no se permiten huir ocasionalmente de los consejos sensatos, andan más muertos que vivos en este mundo de incesantes convulsiones.
Es claro que hay gente que encaja en cada una de las descripciones del poeta chileno, que en lugar de apostarle a lo desconocido aunque sea de tarde en tarde, se aferra a lo conocido para devenir en esclavo del hábito y hacer de su existencia un acto repetido. Llevo colgado del alma a alguien que conozco que temeroso de jugársela en el mercado laboral, se sujeta a la remuneración, segura pero escasa, de su trabajo.
Años van y años vienen, y nada cambia en su vida, resultado predecible para los que, como decía Neruda, evitan la pasión y su remolino de emociones.
Si la mayoría de nosotros, como revelan las encuestas, no se siente bien, si no está satisfecha con las ejecutorias de la actual administración, si sospecha que la inversión pública no responde, en términos económicos y prioritarios, a criterios razonables, si tiene quejas y carencias de muy diversas índoles, ¿no es lógico que empecemos a cambiar de brújula?
El Premio Nobel de Literatura respondería exclamando:
¡Vive hoy! ¡Arriesga hoy! ¡Hazlo hoy! ¡No te dejes morir lentamente!

