Por Luis Pérez Casanova
(l.casanova@elnacional.com.do).-
La atmósfera no está totalmente despejada para las elecciones del 5 de julio, pero los obstáculos que suelen enrarecerla no tienen tanta dimensión como para frustrar las votaciones.
De los dos principales problemas que planteaban reservas sobre el proceso, uno ha sido superado, aunque todavía falta atar algunos cabos, y en otro se trabaja para aplanar la curva.
Con las votaciones del 15 de marzo la Junta Central Electoral (JCE) se recuperó de los cuestionamientos a que había sido sometida por los resultados de las primarias de octubre en el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) y después por la sorpresiva suspensión del sufragio del 16 de febrero a causa de presuntas fallas técnicas en el sistema de voto automatizado.
En la agenda podían estar los problemas técnicos y la desconfianza, pero jamás la irrupción de una tormenta con efectos tan devastadores como el coronavirus. La propagación del virus alteró el clima de tal modo que los comicios pautados para el 17 de mayo tuvieron que ser aplazados.
A pesar de la incertidumbre creada por la pandemia, que también determinó la suspensión de las votaciones en Bolivia, la JCE no ha dejado de trabajar, aunque las limitaciones de lugar en la organización de un certamen que, como es obvio, no se efectuará en las mejores condiciones. Sin embargo, tampoco hay motivos tan poderosos como para posponerlos.
Si la JCE y los partidos políticos no pueden ponerse de acuerdo sobre las votaciones de los dominicanos en el exterior y la recomposición de la dirección de informática del tribunal cualquiera pensaría que este país merece que lo cierren. Las fallas que se detectaron en el centro de cómputos, por demás suspicaces, no se subsanan con la cancelación pura y simple de su director.
Si los protagonistas del proceso demandan una reestructuración del departamento hay que complacerlos, evitando, desde luego, cualquier intento de manipulación. De la misma manera tiene que llegarse a un acuerdo para evitar conflictos sobre el sufragio en el exterior. Con la madurez que se supone al liderazgo político no debe haber problemas en ese proceso.
Si algo queda para garantizar la mayor participación con el menor riesgo de contagio es lo más simple: aplicar con rigor el protocolo del distanciamiento social, el uso de mascarillas, túneles de desinfección de ser necesario y otras medidas por el estilo. Y en caso de que las circunstancias lo ameriten se puede ampliar el horario de votación.
De absurdos discriminatorios como la segregación por sexo hay que olvidarse. Los adultos mayores, embarazadas y discapacitados gozan todavía de preferencias. De manera que la buena voluntad es fundamental para iluminar el camino de las elecciones y evitar una tormenta en un vaso de agua.

