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Tortica de cebada  ¿Papá no da nada?

Tortica de cebada  ¿Papá no da nada?

Celebramos en este domingo el Día de los Padres. Es una disposición contenida en un decreto presidencial, llevada y traída de acuerdo a conveniencias practicas. Hace un par de décadas el festejo se realizaba en el mes de junio, como en la mayoría de países de nuestro continente.

Un mes después del Día de la Madre estuvo el del Padre. Pero los comerciantes entendieron que después del golpe de mayo no había tanta fuerza para el regalo paterno y consiguieron transferirlo para treinta días más. Nadie pretenderá que el Día de los Padres suscite el mismo fervor y efervescencia comercial que proporciona el de las Madres.

Desde que se instituyó la familia como ente de organización social, el hombre ha creído ser el centro del hogar. Jurídicamente es cuanto más lejos ha llegado, porque ha conseguido la designación de jefe de la comunidad familiar. Pero en la realidad, el padre  es un servidor de la familia. En el mundo rural se define como el burro.

Los estrategas de la publicidad no han logrado, y dudo que lo logren, insertar en el mercado un impacto comercial en el Día del Padre como el que tiene asegurado el de la Madre. A quien alcance tan caro objetivo habrá que crearle un premio.

El comercio y la banca  presentan campañas publicitarias a propósito del Día del Padre. En algunos casos el contenido de los mensajes parte de lo que pasó con la festividad de nuestras progenitoras. Hasta burla se ha hecho poniendo a “papᔠa reclamar lo suyo en efectivo, con tal de que el “hijo” cumpla tal reclamo comercial.

Se le  ofertan bebidas alcohólicas y juegos de herramientas o fines de semana en hoteles, pero partiendo de que los mensajes comerciales reflejan la vida e idiosincrasia de los pueblos, sus condiciones sociales y económicas, asumimos que es una cuestión de costumbre la diferencia en el movimiento comercial del último domingo de julio y el último de mayo.

Los propios hombres llevan la delantera cuando de reconocer a la madre se trata. “Madre, aunque sea de bejuco”, se decía en el campo. Uno de los poetas más grandes de todos los tiempos, Walt Whitman, ha proclamado que tan importante es ser mujer como ser hombre: “Y digo que nada hay más importante que la madre de los hombres”.

Los poetas han sido discretos en el uso del padre como objeto de sus creaciones. El español Jorge Manrique, en el siglo XV, marcó la poesía de habla hispana con las coplas que escribió por la muerte de su padre.

Una profunda reflexión sobre la muerte y la simpleza de la vida que expresó este excepcional creador en un poemario compuesto de cuarenta coplas que aún se leen en muchas partes del mundo.

Pero “El brindis del bohemio”, de Guillermo Aguirre y Fiero, le supera en popularidad y difusión. La parquedad en el culto al padre se insinúa desde la cuna. Al bebé se le enseña a jugar al ritmo de cancioncillas como: “Tortica de manteca/para mamá que da la teta/ tortica de cebada/ para papá que no da nada”.

Hay una predisposición para que el niño asuma parámetros desiguales en la valoración del padre y la madre en sus respectivos roles, a partir de lo cual el progenitor lleva la de perder.

Puede decirse que el niño es sujeto de manipulación para que entienda que nada hay como la madre de los hombres.

Tanta importancia ha tenido la madre, que hasta Dios quiso tener la suya, al percatarse de que ser un “sin madre” no le sentaba bien a su condición de ser bondadoso. Por supuesto, que justificado es el culto a quien nos ha llevado en su vientre. Lo injustificado es el desaliño que caracteriza al día dedicado a quien puso la otra parte para formar un ser humano, quien además provee para satisfacer necesidades perentorias.

La paternidad irresponsable es un catalizador de la valoración desigual de la figura del padre que se incuba desde la cuna. Nada de extraño ha de resultar que un individuo se desaparezca del ámbito en que viven sus hijos, sin saber jamás si comen o van a la escuela.

Con mi padre supe que hay hombres a los que “les pesa el ruedo de los pantalones”. El sustentaba este aserto en referencia a sí mismo para indicar que, no obstante su pobreza material, era  rico de responsabilidad. Me complace como nos crió. Para él tengo una paráfrasis del salmo 128. Vivió del trabajo de sus manos y en torno suyo reunió diez hijos  y más de treinta nietos, como brotes de olivo.

Creo que los buenos padres merecen algo más que tortica de cebada. Y merecen también excluir de la crianza de los niños eso de que papá no da nada.

El Nacional

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