Aunque Meteorología vaticina que disminuirán las lluvias, el Centro de Operaciones de Emergencia mantiene en estado de alerta a comunidades de las zonas Norte, Nordeste y Noroeste, por riesgos de más derrumbes e inundaciones, un repetitivo ciclo de agonía y tragedia que nunca se ha enfrentado con los requeridos estándares de prevención y conciencia ciudadana.
Varias veces al año, el territorio nacional es afectado por vaguadas, tormentas, ciclones o huracanes, con las consiguientes secuelas de crecidas de ríos y deslaves que causan muertes, destrucción de viviendas y pérdidas cuantiosas en la agricultura e infraestructura pública.
A pesar de lo previsible y recurrente de esos fenómenos atmosféricos, autoridades ni población concilian aun adecuados niveles de voluntad y civismo que ayuden a consolidar un efectivo programa de prevención para disminuir los efectos del mal tiempo o de oportuno abordaje ante una situación de calamidad.
No se niega que instituciones que conforman el Centro de Operaciones de Emergencia realizan sus mayores esfuerzos para evitar daños mayores, auxiliar o salvar vidas en momento de catástrofe, pero se deplora el hecho de que realizan sus labores virtualmente con uñas y dientes, por carencia de equipos y recursos.
No se justifica que las autoridades no emprendan aun operativos de desalojo y traslado de asentamientos humanos ubicados en las riberas y cauces secos de ríos, arroyos, cañadas, al pie o en las mismas estribaciones, con grave peligro de ser arrasados por riadas o aplastados por derrumbes.
Es verdad que lo imprevisible prevalece al paso de un ciclón o tormenta o durante extendidos períodos de intensas lluvias, pero por la frecuencia de esas emergencias se requiere programas de mayores alcances que el de retirar cadáveres de entre escombros o aguas desbordadas.
Como ejemplo de la falta de previsión se menciona un estudio elaborado hace casi 30 años que advierte sobre el peligro de derrumbe e inundaciones en zonas densamente pobladas de Tamboril. Los aguaceros de estos días causaron crecidas y deslizamientos que destruyeron decenas de viviendas en el poblado de Carlos Días, donde quizás la intervención divina evitó una desgracia mayor.
Al lamentar las pérdidas de vidas humanas y los cuantiosos daños materiales causados por el prolongado período de intensas lluvias, se reclama por enésima vez que Gobierno y sociedad aúnen esfuerzos y recursos en la formulación de un programa preventivo de largo alcance que evite ese círculo trágico y agónico de contar muertos y daños materiales después de cada mal tiempo.

