Opinión

Tres colosos

Tres colosos

La raíz de todo bien reposa en la tierra de la gratitud.” — Dalai Lama Antes de la existencia de la Escuela Nacional de Bellas Artes (ENBA), fundada en 1942 y supeditada a la Dirección de Bellas Artes (creada mediante la Ley 311 del 19 de julio de 1940), no existía un verdadero correlato entre los artistas existentes en el país y una cultura insertada como sentimiento, como conocimiento y como consecuencia, a la difusión de la historia nacional, salvo la establecida en dos o tres escuelas privadas de arte, que funcionaban sin protocolos conectados a la estructura del Estado.

Por eso, es preciso apuntar que fue a partir de la creación de la ENBA, que inició en el país la concepción del arte inducido a través de un conocimiento diferenciador, capaz de entender, separar y digerir los sentimientos y expresiones contenidos en el folklor y las costumbres, para así arribar al desarrollo de una estética apta para enfrentar y contradecir al artista con su propia realidad.

Y como consecuencia de la transformación iniciada por la ENBA y sus vinculaciones a las demás estructuras culturales creadas en el decenio de los 40’s, todas relacionadas a las vanguardias estéticas, fue posible que Jaime Colson (1901-1975), Paul Giudicelli (1921-1965) y Gilberto Hernández Ortega (1924-1978), emergieran como los colosos en que se convirtieron, al heredar, no sólo los principios de las esplendorosas evoluciones de aquella década, sino que los supieron transmitir a todos los que, de una forma u otra, fueron sus discípulos.

Colson, que principió su formación en España (1918-1924), así como en Francia —donde se codeó con los artistas de una luminosa época— y en México junto a los protagonistas que propiciaron las oleadas impetuosas de la euforia revolucionaria, inyectó los principios del muralismo en discípulos como José Ramírez (Condecito), Juan Medina, Amable Sterling, Norberto Santana, Roberto Flores, Virgilio Méndez y Dionisio Blanco, entre otros, quienes han contribuido a la evolución de la pintura mural en el país.

Gilberto Hernández Ortega, que ocupó la dirección de la ENBA tras su graduación, desarrolló un lenguaje estético cuya impronta floreció entre sus alumnos, muchos de los cuales se convirtieron luego en maestros. Y Paul Giudicelli, que fue uno de los productores miméticos que se atrevió a crear una obra altamente representante del expresionismo abstracto, una vanguardia estética iniciada dos décadas atrás —pero que aún sobresalía en el Olimpo de la plástica mundial—, fue también un acucioso explorador de nuevos sistemas relacionados con el arte, procurando enraizarlos a nuestra cultura.

Sin embargo, de estos tres colosos de nuestra pintura, sólo Jaime Colson ha encontrado un merecido hábitat en el Museo Bellapart, ya que ni Hernández Ortega ni Giudicelli han corrido con la misma suerte, esperando ese lugar, esa calurosa acogida de sus nombres y aportes, en un museo —o en aulas— donde sus obras y sus carreras no corran la misma suerte de otros históricos nombres dominicanos que el tiempo y el olvido han devorado.

El Nacional

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