Si venimos haciéndolo mal desde hace tanto tiempo y en la actualidad son idénticos, en términos ideológicos y de prácticas políticas, los protagonistas que tienen la posibilidad de decidir, ¿cuáles elementos racionales podrían conducirnos a suponer que en esta ocasión sí actuaremos juiciosamente? Celebro los esfuerzos desplegados en el ánimo de ejercer presión sobre los integrantes del Consejo Nacional de la Magistratura, que es lo mismo que decir sobre el presidente de la república, dado su dominio absoluto sobre un órgano constituido a su imagen y semejanza, pero mucho me temo que, una vez más, nos quedemos con la histórica desilusión de ver cómo nos estrujan su poder en pleno rostro y hacen las cosas en función exclusiva de sus propios intereses. Lo triste es que estamos hablando de circunstancias que se van a prolongar por muchos años porque estos altos tribunales que se van a constituir tienen vocación de largo plazo, es decir, quienes terminen, como es previsible que suceda, dominándolos, podrán estar muy sosegados casi por el resto de los días que puedan quedarles como sectores de influencia decisiva en esta triste realidad que padecemos como conglomerado digno de mejor destino.
La nación está inmersa en el proceso de constitución de una nueva Suprema Corte de Justicia, de un Tribunal Constitucional y del Tribunal Superior Electoral, estos dos últimos de nueva incorporación en la Carta Magna de enero del 2010.
Es una pena que por razones muy bien identificadas y que atañen a la escasa formación educativa y ciudadana de la gran mayoría de la población dominicana, no se tenga la debida conciencia de la trascendencia de un acontecimiento de esa naturaleza.
Sin ninguna duda, nada como este hecho va a tener mayor incidencia en la determinación de la calidad de la democracia que vamos a tener a corto y mediano plazos, siendo algo de influencia en todos los habitantes del país, no un asunto de exclusiva incumbencia de abogados y jueces como podría pensarse de forma superficial.

