(1)
Los pasos de Donald Trump por China nos conducen a reconectarnos con la etapa histórica en que Richard Nixon inició la apertura de las relaciones con el gigante asiático en 1972. El 27 de febrero de ese año, ambas naciones emitieron el Comunicado Conjunto Sino-Estadounidense, hecho que marcó el comienzo del proceso de normalización de las relaciones bilaterales, hace ya más de cinco décadas.
En el marco de esta dinámica de acercamiento, China planteó como condiciones para la plena normalización diplomática la ruptura de los vínculos oficiales de EEUU con Taiwán, la retirada de las fuerzas e instalaciones militares estadounidenses de la isla y la anulación de los tratados suscritos entre Washington y el régimen de Chiang Kai-shek.
Este acercamiento culminó con la oficialización de las relaciones diplomáticas el 1 de enero de 1979, constituyendo un hito histórico en los vínculos entre ambas potencias. China, a partir de los flujos de capital de la nación de Abraham Lincoln y de otras regiones del mundo, atraídos por la magnitud de su mercado interno, la disponibilidad de recursos estratégicos y una mano de obra altamente competitiva, ha sabido realizar una transición tecnológica exitosa, consolidándose como una potencia económica y militar de relevancia internacional.
Actualmente, buena parte del liderazgo tecnológico mundial mantiene vínculos directos o indirectos con la economía china. Empresas estadounidenses de primer orden como Apple Inc., Tesla, Inc., Qualcomm, Intel y Microsoft han desarrollado cadenas de suministro, manufactura avanzada o asociaciones estratégicas en territorio chino. Esto evidencia que, más allá de las tensiones políticas y comerciales, existe una profunda interdependencia económica entre ambas potencias.
El crecimiento industrial y tecnológico de China no puede entenderse sin la transferencia de conocimientos, inversiones y modelos de gestión provenientes de Estados Unidos, Europa y en menor medida las translatinas de Brasil, Mexico y Argentina. Durante décadas, cientos de corporaciones occidentales encontraron en China mano de obra competitiva, infraestructura eficiente y un gigantesco mercado interno.
Como resultado, el país asiático pasó de ser una plataforma manufacturera de bajo costo a competir en inteligencia artificial, telecomunicaciones, robótica y vehículos eléctricos. Sin embargo, el ascenso chino también ha generado preocupación estratégica en Washington.
Sectores políticos y empresariales estadounidenses consideran que el fortalecimiento tecnológico de China podría traducirse en una disputa directa por la hegemonía global en el siglo XXI. De ahí que, para disipar dicha percepción el líder chino Xi Jinping “instó a Donald Trump a priorizar la cooperación sobre la confrontación, afirmando que ambas potencias deben ser «socios, no rivales».
No obstante, tal situación ha conducido a las restricciones impuestas a compañías como Huawei, los controles sobre semiconductores avanzados y la creciente competencia por dominar industrias críticas como los microchips y la inteligencia artificial. Aun así, la realidad económica parece empujar hacia la coexistencia antes que hacia una ruptura absoluta.
Es por ello, que el retorno de Trump a un entendimiento pragmático con Beijing podría recordar, en cierta medida, la visión geopolítica de Nixon.
José Manuel Castillo
embajadorcastillo@gmail.com

