Ni siquiera a través de la lógica del absurdo se entiende la confrontación con el papa León XIV que el presidente estadounidense Donald Trump ha agregado a su amplio frente de rivales. Sus exabruptos y acciones desde que volvió al poder sólo pueden abordarse desde el punto de vista subjetivo, porque por medios racionales es casi imposible encontrar fundamento al interés de tratar de humillar a aliados fieles y a un líder espiritual como el jefe del Vaticano, que por demás no le hace sombra. Pero además de llegar al colmo en el cruce con el religioso, a propósito de la guerra contra Irán y otras agresiones, de disfrazarse de Jesucristo para aparecer como el verdadero mesías.
Es posible que en términos racionales sea más simple explicar la fórmula de Einstein: E = mc2, que la lógica del gobernante estadounidense para tratar de aplastar todo lo que se interponga en su camino. Por más fuerza con que cuente como primera potencia económica y militar, la conducta va mucho más allá del habitual sentido común que se utiliza para llegar a conclusiones.
Aunque extinga a los iraníes y desaparezca una civilización milenaria no parece que nadie, como no sean sus incondicionales, celebre con él una victoria que a todas luces pudo alcanzarse por medios diplomáticos. No se trata de que los ayatolas se hayan rendido -y que posiblemente ni siquiera lo hagan, aunque cedan en puntos que no comprometan su soberanía, sino de una posibilidad.
Trump ha reivindicado su derecho a disentir del mensaje del Papa contra la guerra para conquistar la paz. Nadie cuestiona ese derecho, pues ni los mismos católicos, apostólicos y romanos comparten a plenitud las prédicas sociales y religiosas de Su Santidad. Lo incomprensible es el pleito con el jefe del Vaticano, y peor aún al mismo tiempo que tiene otros frentes abiertos por sus acciones bélicas unilaterales, además de tratar de ridiculizar los símbolos religiosos. Todas las congregaciones que tienen a Jesús como guía y redentor rechazan la irreverencia, en el mejor de los casos, protagonizada por el mandatario estadounidense.
Pero, a diferencia de los tiempos en que los pontífices se inclinaban ante los imperios, León XIV, que nació en Estados Unidos, no se ha amilanado frente a la embestida de Trump. En alusión a él, cargó contra quienes desde el poder usan las religiones y a Dios para sus intereses militares, económicos y políticos, al tiempo de agregar que el mundo “está siendo destruido por unos pocos tiranos”. Una aliada en Europa, la italiana Giorgia Meloni, no solo se distanció de él, sino que le negó usar las bases militares en su territorio para la guerra contra Irán. Por sus ímpetus tal vez Trump entiende que el imperio es él.

