El turismo constituye la principal fuente de divisas de la economía nacional y se erige en líder de una creciente economía de servicio, que integran además los sectores remesas, comunicaciones, zonas francas y servicios financieros.
Ese indiscutible liderazgo ha hecho que Gobierno y sociedad consideren a ese sector como tacita de oro que no puede ser sometido a ningún tipo de control jurídico o ético, porque a decir de hoteleros y promotores perjudicaría la competitividad del país como destino turístico.
Con esa patente de corso, República Dominicana es receptora de un tipo de turismo de bajo costo compuesto por antisociales que vienen a practicar aberraciones sexuales como pedofilia, prostitución infantil, tráfico, uso y consumo de drogas o comportamiento público contrario al pudor y buenas costumbres.
Se dirá que este turismo promiscuo está presente en todas partes, pero no es común observar en París, Londres, Barcelona, Bruselas o San José, las escenas de amoralidad que escenifican turistas en la zona colonial de Santo Domingo.
La dominicana es todavía- gracias a Dios- una sociedad cerrada, que no admite como cosa común que zonas como Boca Chica sea convertida en antro de prostitución de menores y homosexualidad abierta, o que no pocos vejetes extranjeros intenten convertir la histórica calle El Conde en burdel al aire libre.
Es claro que la mayoría de los millones de turistas que cada año visitan suelo nacional, vienen motivados por sus proverbiales playas y clima tropical, pero en esa industria converge también un subproducto que bien puede definirse como turismo basura, que ya contamina polos turísticos y zonas urbanas de Santo Domingo, San Pedro de Macorís, Romana e Higüey.
La imagen de República Dominicana se consolidaría aun más si las autoridades aplicaran la ley penal a tantos pervertidos que llegan con disfraz de turistas para incurrir aquí en acciones criminales o atentatorias a la moral.
Aquí no se necesitan los dólares que genera ese tipo de turismo basura.
