Las prácticas homosexuales no están prohibidas por las leyes de los países occidentales. Todo lo contrario: El matrimonio entre personas de un mismo sexo gana terreno en muchas sociedades del mundo, se habla de “libertad de sexo” y de “preferencia sexual”, pero la mayoría de nuestra población, por razones de costumbres tradicionales, desaprueba estas cosas. Y ese también es su derecho.
Observo en los diarios nacionales, en la sección de internacionales, que el primer transexual argentino dio a luz una niña. ¡Cómo! Pero sin irse muy lejos, en nuestro país se apareció el nuevo embajador de Estados Unidos con otro hombre, al que presentó como su esposo. (Es en lo que en término vulgar los dominicanos denominan bugarrón).
Con ese y otros acontecimientos los dominicanos se han dado banquete en las redes sociales, pero la respuesta de la comunidad de homosexuales, lesbianas y travestis ha sido bastante fuerte, apelando a conceptos, teorías y argumentos para justificar su condición.
Pienso que hay que respetar la vida privada de las personas. Que a los homosexuales hay que reconocerles su derecho y no discriminarles ni mucho menos odiarles. Entre el odio y la comisión de crímenes, en contra de miembros de esa comunidad, el espacio es estrecho. Evitemos los excesos.
De todos modos, el número de lesbianas, gay, travestis y transexuales cada vez es mayor en el país. Y muchos muestran sinceridad y exhiben orgullo de su condición. Y la gente poco a poco los ha ido aceptando como parte de una minoría de la sociedad con la que hay que convivir como seres humanos.
Inclusive (¡válgame Dios!) podría llegar el día en que en nuestro país se legalice el matrimonio en personas del mismo sexo, pero el autor de este artículo quisiera estar bien lejos (en el otro mundo). Se trata de un proceso que podría ser largo (¡quizás no!) y no debían de pretender imponer sus preferencias de un día para otro sobre costumbres sexuales naturales.
Danilo Cruz Pichardo
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