Lo cierto es que nuestra República Dominicana está bendecida por Dios; y eso no lo puede negar nadie. Lo digo, porque a pesar de todas las calamidades propias de una nación pobre, hemos podido mantenernos a flote.
Para nadie es un secreto que una fastidiosa crisis nos viene atacando desde años atrás.
Que el panorama sombrío que se está avizorando en el mundo no es muy halagador para las generaciones presentes y futuras.
Y a pesar de los pesares, no hemos desmayado. No hemos dejado de luchar, estamos decididos a continuar avanzando por el camino de la convivencia pacífica, del crecimiento mostrado, y del desarrollo equilibrado.
Hoy, lamentablemente, los grandes y pequeños continentes están atravesando por fuertes sacudidas económicas y financieras.
A diario leemos que gobiernos democráticos están siendo acorralados ante las múltiples exigencias provenientes de los diversos estamentos de las sociedades.
Y ante esas realidades, para no permitir que las naciones caigan hacia un abismo inesperado y extenso, los gobiernos han tenido que implementar políticas de austeridad, de pactos fiscales y acuerdos sociales con todos los sectores representativos de la sociedad.
Ya sabemos que el cambio climático se ha convertido en un peligro para la humanidad, y que nuevas enfermedades, como si fuesen plagas embravecidas, recorren todos los países del mundo.
En medio de todas esas barbaridades, gracias a Dios, grandes tormentas e gigantescos huracanes casi siempre cambian de rumbo al tocar suelo dominicano.
Jamás pensemos que, como nación próspera y con inmensos deseos de continuar en prosperidad, estamos ante la presencia de un escenario maldito.
Los sacrificios de hoy están destinados a llevarnos a celebrar una victoria sin trauma en el mañana.
Es seguro que buenas nuevas tendremos con el correr de los meses. Seamos compasivos y generosos. No olvidemos que estamos bendecidos.

