Escribir de puño propio, secundar opiniones similares vertidas en los medios, quejarme en la intimidad, conversarlo con personas que consideraba cercanas a las cabezas que toman estas decisiones, etc. nada de eso me ha sido útil para lograr que nuestros políticos reconsideren el empleo de caravanas como método de campaña. En esta ocasión me arrodillo e imploro a la consciencia de Danilo Medina e Hipólito Mejía, para que por favor detengan esa práctica cuyo único logro objetivo es el gasto excesivo de dinero sin muchos resultados electorales fehacientes.
Estoy consciente que ustedes necesitan esa demostración de fuerza para las imágenes, vender la idea de ya estar ganados, y que para ello requieren de los tontos útiles como yo atrapados dentro del tapón ocasionado por su comparsa de tumbapolvos, para que figuremos en sus fotos como parte de la marcha del triunfo, sin nuestro consentimiento y posiblemente adornados con alguno que otro retoque del Photoshop.
También me consta que todo aquel que pretenda ganar una Presidencia en esta podrida sociedad necesita un escenario donde poder repartir dinero, alcohol, comida y favores al pueblo, aunque no salga en las fotos, pero que se sepa en cada barrio que cuando ustedes van por allá, ustedes reparten.
Y estoy seguro que una caravana presenta un momento ideal para capturar esas imágenes abrazando a una viejita, a un señor con discapacidades físicas, saludando a los jóvenes del barrio, dándole la mano a los adultos, entre otras escenas alegres mezclados con el pueblo para los fotos y videos de la publicidad de campaña.
Sres. Medina y Mejía, ustedes desean ganar la Presidencia y están dispuestos a emplear todos los recursos con el fin de lograr su objetivo, y eso es totalmente razonable. Lo que no me parece comprensible es que entiendan que las caravanas son el método más efectivo o siquiera idóneo, para alcanzar todas esas metas que describí arriba.
Una caravana no solo significa un gasto para ustedes, también lo implica para nosotros los que solo deseamos usar de forma pacífica las vías que nosotros pagamos con nuestros impuestos, pero que nos vemos obstruidos en ese deseo asumiendo un costo adicional por el carísimo combustible que compramos, retrasos en los tiempos de llegada a nuestros destinos, molestias y problemas emocionales derivados del estrés, y un incremento sensible en las posibilidades de accidentes. Lamentablemente, contrario a ustedes que reciben dinero de nuestros impuestos en las celebradas asignaciones de la Junta para que hagan sus caravanas, a nosotros no nos pagan por padecerlas.
No debe ser difícil encontrar auditorios que les abran sus puertas en las distintas alcaldías, clubes sociales, parques o teatros ubicados en todo el territorio nacional para conseguir sus imágenes de triunfo, abrazar a sus viejos desvalidos, y repartir sus favores a los ciudadanos, todo sin necesidad de afectar el diario vivir de miles de personas a las que no les interesa su proselitismo con una caravana en el mismo medio de las vias.
Les puedo asegurar que esa clase media que tanto ustedes aseguran defender en sus discursos se va a sentir más identificada y menos maltratada por aquel que de el valiente (o de puro sentido común) paso de cesar las caravanas. Y quien sabe? quizás empiecen a dejar de perder votos como el mío y el de aquellos que como yo estamos simplemente hartos de esta forma de hacer campaña. Como, al parecer, ninguno de los dos lucen dispuestos a dar las caras en un debate presidencial como debieran, al menos con eso humildemente les ruego que nos complazcan.

