La asonada militar contra el presidente Manuel Zelaya, de Honduras, puso en evidencia otra vez la descompósición de la prensa de estos tiempos.
Ya el ejercicio del periodismo no es para informar objetivamente los hechos. Ha sido puesto al servicio de los grandes intereses económicos y políticos.
Pero creo que pocas veces las sociedades del mundo han sido tan asquerosamente desinformadas como como lo hicieron los medios de comunicación hondureños a propósito de la conspiración que desembocó en el cuartelazo del domingo.
Tengo la impresión de que la manipulación y la tergiversación de la información en Honduras superó incluso la de las grandes cadenas de televisión y de prensa de Estados Unidos a propósito del tema Irak y las alegadas armas químicas de Saddam Hussein.
La prensa hondureña difundió con insistencia la falsa especie de que las instituciones y todos los sectores con voz de su país eran contrarios a Zelaya y sus iniciativas, y lo querían fuera del poder.
Luego quedó claro que los medios de comunicación habían sido puestos al servicio del golpismo y sólo publicaban lo que convenía a ese despropósito.
La gente que respaldaba al presidente Zelaya no tenía derecho a la palabra, porque había que hacer creer que su Gobierno carecía de dolientes.
A raíz de la asonada militar me llamó la atención que la prensa hondureña se refería a esa acción como la remoción del Presidente, en vez de llamarla golpe de Estado.
Además, justificaba como parte interesada los atropellos contra los hondureños que se atrevieron a levantarse a protestar contra el golpe militar.
Hizo cuanto pudo para convencer al mundo de que Zelaya no tenía respaldo en ningún estamento de la sociedad de Honduras, cuando tal vez debió proponer que derrotaran al Presidente en el plebiscito que él mismo había convocado.
Porque si en realidad el mandatario elegido por los hondureños carecía de respaldo, lo lógico era vencerlo en una consulta a la que concurriría su pueblo.
Claro, plantear eso equivalía a dejar abierta la posibilidad de que el presidente Zelaya saliera airoso de la prueba del domingo, y entonces la asonada cuartelaria sería más cuesta arriba.
Porque la prensa no habría podido ni siquiera intentar hacer creer al resto del mundo que se trataba de un gobernante incapaz de concitar simpatía ni siquiera entre los que lo eligieron.
Menos mal que de todos modos se le cayó el antifaz para quedar como una prensa de la que todos debemos avergonzarnos. Porque si éso fuera periodismo, particularmente a mí me daría vergüenza que me digan periodista.

