La República Dominicana no se puede seguir dando el lujo de permanecer de brazos cruzados en espera de que la tan mentada comunidad internacional decida hacer algo con Haití. Los daños medioambientales, el narcotráfico, la inmigración ilegal y las enfermedades que nos contagian desde allá son problemas reales que nos afectan directamente a nosotros, no a Francia ni a Estados Unidos. Esperar a que esos países actúen cuando les dé la gana, pone en serio peligro nuestra propia seguridad y cualquier perspectiva de desarrollo que vislumbremos para nuestra nación.
De qué ha servido gritar a los cuatro vientos que alguien venga en ayuda de Haití? ¿Qué hemos ganado con decir que el problema debe ser asumido por la comunidad internacional? Qué resultados hemos obtenido de hacer nada? Aparte de una creciente inmigración ilegal, cuestionamientos a la política migratoria y acusaciones de racismo, nada hemos ganado.
Es evidente que si deseamos que los problemas que se filtran desde aquel lado cesen de afectarnos, va a ser tiempo de que nos decidamos a hacer algo directamente nosotros o, de lo contrario, estaremos cargando ese lastre a cuesta hasta el final de los tiempos. Es tiempo de intervenir.
Como país no podemos seguir permitiendo que personajes como René Preval o Aristide sigan controlando el poder político en Haití, quienes lo han usado solo para engrosar sus bolsillos, perpetuar el desastre institucional, echar gasolina en el fuego de la enemistad domínico-haitiana, destruir el comercio bilateral y tratar de manchar nuestra imagen a nivel internacional.
Necesitamos de alguien en la Presidencia de Haití que asuma como prioridad el reforzamiento de su frontera para detener el flujo de indocumentados, que esté dispuesto a trabajar con las autoridades dominicanas contra el narcotráfico, y más importante, que dé los primeros pasos para abrirles al comercio dominicano acceso continuo y pacífico a 12 millones de consumidores haitianos.
Una política abiertamente intervencionista hacia Haití con el firme propósito de resguardar los intereses de República Dominicana, ya ha dejado de ser opción, es una necesidad para preservar nuestra seguridad y resguardar nuestro futuro. Y ahora, justo en medio de la campaña presidencial en Haití, es nuestro tiempo de actuar.
Puede que la idea produzca malestar en algunos paladares, que luzca descabellada en alguna que otra mente cerrada, y que resulte ofensiva para algunos nacionales haitianos y sus defensores. Pero a los dominicanos se nos han agotado las opciones.
¿Quién mejor que los dominicanos para conseguir financiamiento para campañas? ¿Quién mejor que los dominicanos para poner a gente a ganar elecciones por las buenas o las malas? ¿Quién mejor para sacarle provecho a un mar de corrupción? ¿Quién mejor para obtener beneficios en medio del caos y el desorden? Si me preguntan a mí, entiendo que nos hemos estado auto-entrenando para este trabajo desde hace 166 años cuando nos declaramos independientes y puede que, finalmente, podamos sacar provecho a las experiencias acumuladas durante tantos años de enfrentar nuestros propios desastres.

