Ven gobierno de Danilo incuba una innecesaria crisis de credibilidad



Credibilis, vocablo latino de cual proviene la palabra credibilidad, que en un sentido amplio está estrechamente ligada a la capacidad de generar confianza, de ser creíble.
En determinados oficios, la credibilidad es esencial. Por ejemplo, la banca. Un banquero, antes que nada, vende confianza, seguridad, ya que administra nuestros ahorros y, en cierto sentido, nuestro bienestar futuro.

Por tanto, se hace imprescindible que nos sintamos confiados. Otra profesión, que precisa de credibilidad, es el periodismo. Una persona que transmite información debe ser creíble. Mucho más en esta llamada época de la postverdad, en donde con “fakenews”, se hacen ejercicios de manipulación.
Luego, el periodista creíble mantiene el crédito y la confianza del público, puesto que sus informaciones son veraces. Habla siempre la verdad.

Otra actividad u oficio, porque no creo sea profesión, pero que está cimentada en base a la credibilidad, es la política. Un político sin credibilidad, es algo así como una de las famosas morocotas de Lilís o algún marco de los de la Alemania de Weimar, en donde un dólar llegó a valer hasta un millón de marcos.

Tanto para el político en la oposición, como para el que ejerce el poder, la credibilidad es un instrumento esencial a los fines de moldear su futuro. Y es que la misma, aunque cimentada en actitudes y acciones pasadas, sirve para incidir positiva o negativamente en el porvenir. De ahí la sabia expresión con que nos aleccionaban nuestros padres: “Cría fama y acuéstate a dormir”.

La administración del presidente Medina, que está en la recta final de su segundo período, aparenta estar a las puertas de una crisis de credibilidad.

Crisis generada internamente, aunque se quieran buscar chivos expiatorios para justificar determinados procederes. Dos muestras del año pasado son el caso del narcotraficante, denominado Coca Cowboy y el otro el acuerdo migratorio de la ONU, firmado en Marruecos por nuestra Cancillería y listo para ser ratificado en Nueva York, que fue rechazado plebiscitariamente por los dominicanos.

Y recientemente, las agresiones del procurador Jean Alain Rodríguez a la magistrada Miriam Germán Brito, que han generado repulsas generalizadas. De ninguno se ha llegado a dar una explicación convincente ni satisfactoria. Quedando a la imaginación y al chisme la realidad de los mismos.

Un caso de estudio, que demuestra cuán importante es la credibilidad y el respeto por la palabra empeñada, tiene que ver con la promesa del entonces precandidato presidencial George W. Bush en la Convención Republicana de 1988. Su famosa frase: “Readmylips: no newstaxes” (Lean mis labios, no más impuestos), fue utilizada exitosamente por Bill Clinton para enrostrarle falta de confiabilidad e integridad, ya que no mantuvo su promesa al establecer nuevos impuestos durante su gestión.
En una sociedad como la norteamericana, donde el perjurio -mentir bajo juramento- es un delito federal, esta promesa rota resultó inaceptable para amplios segmentos poblacionales, con sus consecuencias electorales.

En sistemas presidencialistas como el nuestro, los presidentes cargan con lo bueno y lo malo de su administración. La carencia de instituciones fuertes y consolidadas hacen de esto cotidiano.
En ocasiones, la suplantación de las instituciones, por presidentes con fines populistas, ha contribuido a fortalecer esa creencia. Sin embargo, los presidentes, como los bancos centrales debieran ser “los prestamistas de última instancia”.

Quienes tienen la última palabra, en términos de crédito público, de confianza y credibilidad. De quienes se espera que siempre hablen con la verdad. Quienes sacan la cara por la Nación a “la hora de los hornos” para pedirles, a veces rogar, el apoyo de sus ciudadanos. O acaso, Macron no está sufriendo en carne propia esta carencia de credibilidad, en los propios Champs Elysees de París, con los chalecos amarillos?
Sin embargo, en nuestro país, por el contrario, hay quienes piensan que las promesas son para romperlas. Que los juramentos son para violarlos. Y que los pactos y acuerdos solo tienen validez cuando son para su conveniencia.
En este sentido, vemos como desde las entrañas de la propia administración, por voz de sus ministros más conspicuos, se plantea que el presidente, quien prometió transmitirle a la nación su posición respecto a la reelección en marzo 2018, habría de referirse al tema cuando fuera políticamente conveniente.

Cuando el partido lo pusiera sobre el tapete, sentenció el poderoso e influyente administrativo José Ramón Peralta, convertido en speaker político del Gobierno.

Así las cosas, finalizó marzo y el presidente Medina incumplió su promesa a la nación que le veía ansiosa en la entrevista con Jatna Tavárez. En este caso particular, no es el hecho en sí, ni el fondo del asunto, sino la forma, la majestad del poder y sus símbolos consustanciales.

La palabra presidencial, la del primer ciudadano de la nación, se ha puesto en entredicho, innecesariamente. Esperando si acaso, un milagro providencial.

Sin embargo, lo más grave del asunto es que esto está siendo hecho con premeditación. Lo cual sugiere dos cosas. Que el presidente no está consciente del daño que se está auto infligiendo. O que sus asesores están subestimando el peso de la credibilidad ante la opinión pública.

Esto así, huelgan las evidencias, porque el tiro de gracia a la credibilidad presidencial vendría cuando compren los congresistas que les faltan y pasen la modificación constitucional para imponer la odiosa reelección.

Entonces el presidente Medina tendrá que salir a desdecirse y justificar, por tercera vez, la violación de su palabra y su juramento ante la nación. Así las cosas, habrá que ver que narrativa elucubran sus asesores para justificar una segunda modificación Constitucional.