Ayer, día 22 de diciembre, como es tradición, en España se han repartido los premios de la Lotería de Navidad. Desde que tengo uso de razón, he escuchado cantar los números agraciados a los célebres Niños de San Ildefonso, alumnos del colegio más antiguo de Madrid, según cuenta la historia.
Aunque se desconoce la fecha exacta de su fundación, gran parte de los cronistas y estudiosos, han osado datarla hacia el último tercio del siglo XV, coincidiendo con el reinado de los Reyes Católicos.
Hasta principios del siglo XIX este establecimiento contaba únicamente con cuarenta plazas reservadas a niños nacidos en Madrid, de legítimo matrimonio, eso sí, y que fueran huérfanos, por lo menos, de padre. Desde finales del siglo XVIII se empezó a contratar a los chicos para que cantaran los números del sorteo de la lotería, tradición que aún sigue presente en nuestros días.
Recuerdo, desde niña, su cante en pesetas, antes de que en el año 2001 nos la cambiaran por euros. Me atrevería a decir que, después y casi de un modo musical, en euros no encierra la misma gracia de antaño. Muchas personas coinciden conmigo. ¡Tantos años escuchando la cantinela en la sustituida moneda nos acostumbró el oído!
Hoy, algunos han sido favorecidos y recibirán una cantidad de dinero que les solucionará su vida económica. Otros, que no lo han sido tanto, podrán deshacerse de deudas y darse algún capricho.
A otros les habrá tocado un reintegro que emplearán para jugar a la Lotería del Niño que se celebra antes de la fiesta de los Reyes Magos. A la gran mayoría no les habrá tocado nada pero, sin perder la ilusión, muchos volverán a tentar su suerte.
Ayer, Madrid estuvo colapsada por la nieve, algo poco frecuente en los últimos años. Durante el pasado 9 de enero, ocurrió lo mismo. Existe un refrán que dice que Año de nieves, año de bienes ¡Ojalá sea así y se salga, de una vez por todas, de la tristemente famosa crisis!
Me pongo a pensar en tantas personas a las que la vida no les sonríe Esas personas que, en mi país y en otros muchos, demasiados, no tienen nada que llevarse a la boca en estas fechas tan señaladas. Ni tampoco en su día a día
Agradezco de corazón el no tener que poner la calefacción, el no tener que taparme con una frazada de lana, el no tener que ver, debajo de los puentes de la M-30 (autopista que rodea Madrid), a indigentes resguardándose con cartones y la ayuda de una fogata, del gélido invierno que ha alcanzado ya los menos 6º centígrados de temperatura.
No quiero decir con ello que la miseria sea mejor o peor en un sitio que en otro. La miseria no es buena en ninguna parte del mundo, haga frío o haga calor.
Creo que, como ciudadanos de la Tierra, nuestro querido planeta, debemos luchar por erradicarla. Y que, el único arma que tenemos para hacerlo, se llama AMOR.
Una vez, en una conferencia que dio Sondra Ray en Madrid, esta insigne líder del Rebirthing (técnica de respiración y filosofía de la vida) nos dijo: El mundo es muy rico. Realmente, lo que falta en el planeta no son dones. ¡Lo que falta es AMOR!
Les deseo a todos, desde esta humilde columna que, durante estas Navidades, sean muy felices y, sobre todo, que siempre, reciban y regalen ese sublime sentimiento: ¡AMOR!

