Como parte interesada la señora Angelita Trujillo podrá estar descalificada como testigo de los acontecimientos que narra en el libro sobre la dictadura de su padre. Pero que la versión de Angelita esté dirigida a limpiar la imagen de su progenitor no significa que sea rotundamente cierto todo lo que, codn anterioridad, se haya escrito sobre los hérores del 30 de mayo, asesinatos como el de las Mirabal y otros crímenes horrendos ocurridos durante la oprobiosa dictadura de Trujillo. Siempre se ha dicho que la historia completa sobre ese período de la vida nacional todavía no se ha escrito, aparte de que tampoco se puede olvidar que durante décadas se oficializó a través de un texto escolar la ficción de la Virgen de las Mercedes. Una historia muy especial. Sin hablar de batallas y proezas, incluso en gestas tan patrióticas como la de abril de 1965, que dejan a República Dominicana como una nación sedienta de gloria. Pero el caso es que por el hecho de ser parte interesada como descendiente y beneficiada del régimen de su padre a Angelita Trujillo no se le puede coartar su derecho a la libre expresión y difusión del pensamiento. Las heridas y el dolor pueden conducir a acciones desesperadas, pero sabemos que también el oportunismo y el miedo a que se transparente la verdad histórica. Como si fuera un problema de sangre y no de ideas no se ha atacado el trujillismo, defendido por connotadas figuras de la vida pública, sino a Angelita. Esa actitud reduce la oposición a cuestiones personales. Una democracia que se supone con pantalones largos no puede permitirse que la censura y la intolerancia asomen frente a cualquier diferencia o disensión con el poder o la tradición. El libro de Angelita Trujillo se puede criticar, pero no se le puede impedir que circule a menos que su edición constituya una violación de la ley. Que no es el caso.

