Sostengo la hipótesis de que en un escenario de libertad absoluta, Danilo Medina no habría seleccionado a Margarita Cedeño como su acompañante. Ella y su candidatura son la consecuencia del condicionamiento que el sector hegemónico del PLD le ha impuesto a su candidato presidencial, lo cual tiene una proyección que desborda el proceso electoral y se proyecta a un posible nuevo mandato peledeísta, en el cual, la figura de Leonel Fernández tendría mucha influencia, como elemento catalizador de su potencial regreso en el 2016.
Danilo Medina está muy consciente, y los pasos iniciales de su campaña así lo evidencian, de que la candidatura vicepresidencial que ha debido aceptar le trastorna de forma radical el proyecto electoral que había concebido.
El candidato del PLD conoce muy bien el desgaste natural que produce el ejercicio gubernamental y lo difícil que resulta ganar un tercer período consecutivo. Lograr esa hazaña, ante el progresivo hastío generalizado que se va incubando, es proporcional a la capacidad que se tenga de proyectar una inequívoca posibilidad de novedad respecto al régimen que se ha ido agotando mientras ejerce el poder.
La primera demostración que Danilo ofreció de estar claro de lo que vengo afirmando, fue su separación del gobierno para dedicarse a su proyecto presidencial. ¿Qué sentido tendría haber marcado distancia y preservarse del virus del desgaste del ejercicio público, para terminar siendo la máxima encarnación del continuismo de la gestión que finaliza el 16 de Agosto del próximo año?
Ese es el sello esencial que su candidata vicepresidencial estampa a su candidatura. Margarita Cedeño no es una acompañante común. Es un símbolo ineludible de las características fundamentales de una obra de gobierno. En sus luces y sombras. Nadie, con el juicio sano y con un mínimo de sentido común, puede suponer que un período gubernamental con ella como protagonista y todo lo que su figura representa, podría transitar senderos distintos al actual, salvo que se esté en actitud de generar una crisis política de dimensiones insospechadas ante la división extrema que eso provocaría al interior de las más altas instancias del poder político.
Estaría por determinarse el calado del disgusto de la población con el gobierno. De tener el rechazo una sólida dimensión, estaría dotada del antídoto para resistir la avalancha apabullante que le viene encima sobre todo a los sectores más vulnerables, intentando persuadirles de que valen la pena cuatro años más de lo mismo.

