La tragedia acaecida ayer en la oficina de la Empresa Distribuidora de Electricidad del Este (Ede-Este) de Megacentro Plaza, donde un vigilante privado mató a balazos a un joven que habría protestado por el alza de su factura, consterna a una sociedad enferma de violencia e intolerancia.
Las primeras versiones sobre tan penoso suceso señalan que Roberto Casalinovo Frías, de 30 años, fue muerto de un disparo a quemarropa que le hizo Melvin Rodríguez, de 34, porque supuestamente la víctima rehusó despojarse de una gorra, como exigía el victimario.
Son cada vez más frecuentes los casos de asesinatos y homicidios que se producen tras discusiones o riñas por motivos baladíes, señal de una extendida irracionalidad en amplios núcleos de la población.
Sólo Dios sabe de los problemas que agobiarían a ese vigilante que percibe salario mínimo y sin la menor preparación para manejar situaciones de conflictos con clientes que a diario acuden a esas oficinas para protestar o quejarse por alzas en la factura eléctrica.
Sin que se produjera vía de hecho, ese vigilante disparó su revólver contra Casalinovo Frías e hirió en una mano con el mismo proyectil a otro cliente, de 79 años.
Hace tiempo que se reclama de las autoridades mayor fiscalización sobre las compañías de guardianes a los fines de garantizar que ese personal reciba mejor entrenamiento en su relación con los ciudadanos para prevenir tragedias como la acaecida ayer en Megacentro.
Tantos casos de sangre por problemas de tránsito, laborales, intrafamiliares o los que se producen en medio de libación de tragos, constituyen preocupante señal de una intensa y extendida irritación que hace a la gente más proclive al pleito o a la agresión física y verbal.
Se lamenta que un joven, que según su esposa lucía feliz la noche anterior, haya sido muerto sin ningún motivo por un vigilante enfermo de violencia e intolerancia, un mal que se propaga como epidemia por la geografía nacional.

