En torno a la muerte giran todas las culturas y organizaciones sociales. Así, su concepción de la muerte como fin o tránsito, su creencia en una vida después de la muerte, están entre los tantos elementos que inciden como condicionantes para la actuación de los individuos en un sentido u otro.
Asimismo la idea de inmortalidad y la creencia en el Más Allá aparecen de una forma u otra en prácticamente todas las sociedades y momentos históricos, por haber necesitado los seres humanos creer en ello como cláusula de cierre que otorgue real sentido a su existencia.
En el mismo orden la existencia de la vida ultraterrena ha quedado bajo el arbitrio y decisión de cada ser humano en el marco de los conceptos dados por su sociedad, la decisión de creer o no creer y en que creer exactamente. La esperanza de vida en el entorno social determina la presencia en la vida de los individuos de la muerte, y su relación con ella.
Es por esto que el tipo de muerte más importante para el ser humano es sin lugar dudas la propia, teniendo por consecuencia las reflexiones resultantes de ella un cúmulo de interrogantes.
En primera instancia nos preocupa saber, ¿cómo puede ser determinado el momento exacto de una defunción?, lo cual resulta importante por innumerables motivos, entre ellos: conocer certeza el instante de una muerte sirve entre otras cosas para asegurar que el testamento del difunto será únicamente aplicado tras su muerte, y en general guiarnos con respecto a cuándo actuar apropiadamente ante una persona difunta.
Hoy en día, cuando es precisa una defunción del momento de la muerte se suele recurrir a la muerte cerebral o muerte biológica, por la cual se considera difunta una persona cuando cesa la actividad eléctrica en el cerebro. Se cree que el cese de actividad eléctrica significa el fin de la conciencia.
Todas estas inquietudes humanas con respecto a la muerte han motivado el desarrollo de las religiones organizadas, las cuales han jugado un rol esencial al fortalecer nuestra fe y enseñarnos que tras nuestra vida terrenal existe realmente una mejor que nos la ofrece un Dios misericordioso.

