Tras casi dos años y medio de ausencia, al regresar a España me encontré con muchas desagradables sorpresas en lo referente a lo político-social. Aparte de los famosos recortes que, como suele ocurrir, afectan a los más necesitados, se están produciendo numerosos episodios de violencia innecesaria, por parte de las autoridades.
Les iré contando, poco a poco, mis experiencias y las de algunos amigos porque el tema es muy extenso. Empezaré publicando la petición que me envió la ONG Avaaz, a cuya newsletter estoy inscrita, sobre la que ya he escrito en otras ocasiones. Con ello pretendo ilustrar cómo está la situación en ese adorable país. Este es el texto parcial de la susodicha petición (sic):
Más allá de las dramáticas consecuencias en la vida de los españoles y españolas, la crisis económica nos está dejando otras imágenes intolerables. Entre ellas, las de agentes de policía haciendo uso desproporcionado de la fuerza y utilizando material antidisturbios contra personas que simplemente se estaban manifestando de forma pacífica contra los recortes.
Y lo peor es que esos abusos ni se investigan ni se castigan. En las contadas ocasiones en que se han iniciado investigaciones, las demandas han sido archivadas porque no había manera de identificar a los y las agentes de policía implicados. No se puede aceptar que se reprima violentamente y con total impunidad el derecho a alzar la voz de forma pacífica. No queremos ver más imágenes de personas de todas las edades ensangrentadas por el golpe de la porras o el impacto de bolas de goma. No vamos a permitir que se repitan cargas policiales injustificadas sin que haya consecuencias para las personas responsables.
Firma nuestra petición para exigir que la policía uniformada vaya identificada correctamente, y que se investiguen, de manera pronta y exhaustiva, todos los abusos policiales, y se castigue a los responsables. Tu firma será enviada al ministro del Interior. El derecho a la protesta pacífica es irrenunciable. Y para protegerlo, te necesitamos.
Y es que, una vez proclamado el derecho a manifestarse pacíficamente, después de la transición de la dictadura franquista a la democracia, en todos estos años, no se habían producido situaciones tan penosas, en este sentido. Siempre ha habido un cierto control, como es lógico, para evitar un posible desbordamiento de las masas, pero no se parece, en absoluto, a lo que está ocurriendo ahora. El asunto huele muy mal, da miedo.
Conozco a muchas personas, entre las cuales me incluyo, que, mediante las manifestaciones pacíficas, han conseguido cosas importantes o han representado el descontento del pueblo.
Muchos de ellos han alcanzado una edad que no les permite correr como podían hacerlo antes, incluso durante el franquismo. Ya no se manifiestan porque las piernas no les da para evitar que les alcance un buen golpe de palos o de pelotas de goma. Muchos de los que siguen haciéndolo, o acaban de empezar con juvenil fuerza y energía, han recibido heridas y golpes de mayor o menor gravedad física. Pero la realidad es que, dichos golpes, los han recibido en el corazón al comprobar que, la democracia, se va desbaratando despacio, pero segura. ¡Qué pena

