Diógenes de Sínope II
Como comenté en la primera parte del relato de la vida de este filósofo, considero que el relato de su vida merece ser dividido en dos. De modo que continúo con dicho interesante relato.
La austeridad era su norma de vida, y ello le permitía ser independiente de cualquier frivolidad. Al parecer, fue el primero que redobló su túnica debido a la necesidad de dormir envuelto en ella. Llevaba consigo una escudilla en la que almacenaba sus viandas. Se servía indistintamente de cualquier lugar para cualquier actividad, ya fuese desayunar, dormir o conversar. Y solía decir que los atenienses incluso le habían procurado un lugar en el que recogerse: el pórtico de Zeus y la sala de las procesiones.
La riqueza de quien nada posee se muestra en esta frase que se le atribuye: «Todo pertenece a los dioses; los sabios somos amigos de los dioses; los bienes de los dioses amigos son comunes. Por eso los sabios lo poseen todo».
Cierto día, tras observar a un niño beber agua en el cuenco de su mano abierta, lanzó la escudilla que llevaba en la alforja y dijo: «Un niño me ha dado una lección de sencillez». También se despojó de su plato al ver a otro niño que, al rompérsele el suyo, puso las lentejas que comía en el hueco de un trozo de pan. Y buscando siempre acostumbrarse a las dificultades, en verano se revolcó en la arena caliente, y en invierno se abrazó a las estatuas cubiertas de nieve.
Del respeto que Diógenes suscitó a pesar de sus extravagancias da fe el famoso encuentro con Alejandro Magno, llegado a Corinto. Alejandro Magno sintió deseos de conocer al gran filósofo, que, aunque rondaba los ochenta años, conservaba intactas sus facultades. Sentado bajo un cobertizo, calentándose al sol, Diógenes miró al rey con suma indiferencia. Según Plutarco, cuando Alejandro se le presentó diciendo “Soy Alejandro, el rey”, Diógenes le contestó: “Y yo soy Diógenes, el Cínico”.
“¿Puedo hacer algo por ti?”, le preguntó Alejandro, y el filósofo respondió: “Sí, puedes hacerme la merced de marcharte, porque con tu sombra me estás quitando el sol”. Más tarde diría Alejandro a sus amigos: “Si no fuese Alejandro Magno, quisiera ser Diógenes de Sínope”.
Cuando Diógenes murió los atenienses le dedicaron un monumento: una columna sobre la que reposaba un perro, símbolo del regreso a la naturaleza (la autenticidad de la vida) cuya necesidad el filósofo siempre sostuvo.
Su vida no fue fácil: el descrédito de los placeres, el completo dominio del propio cuerpo, la anulación de las pasiones, necesidades de cualquier vínculo social estable que requieren de un gran esfuerzo, prestancia física, férrea disciplina y una indomable rigidez moral.
Diógenes poseía estas cualidades, así como una acusada atracción por la sátira, la paradoja y el humor. Devastador, profanador, contrario a cualquier tipo de erudición e incluso de cultura, siempre prefirió expresarse mediante la acción, el comportamiento y las elecciones concretas, más que mediante textos escritos: a alguien que sostenía la inexistencia del movimiento, le respondió poniéndose en pie y echándose a andar.

