Como comenté en la primera parte de este testimonio, Felisa vivía, con su familia en una mísera choza situada a un lado de la carretera, pues su progenitor era peón caminero. Recuerda el paso de los primeros coches (carros) y ríe porque afirma que impresionaban mucho a las gallinas y los perros. Evoca el mayor susto que sufrió en su infancia: Un día cayó un rayo que mató al gato e hirió a mi padre. Pasó aquellos años aprendiendo a bailar Flamenco con sus vecinos, que eran gitanos y se divertía emborrachando al perro de los pastores. Así era la España profunda de la época.
A la edad de 16 años partió para colocarse de niñera en Segovia y después en Madrid. En el 1927 perdió a su progenitor, víctima de una neumonía, mas, debido al gran retraso de las noticias, de entonces, no tuvo tiempo de asistir a su entierro. Cinco años más tarde, conoció al que, después de dos años de noviazgo, se convirtió en su marido. Se llamaba Manolo Salinas y era hijo de madre soltera, cosa que, por entonces, se veía con muy malos ojos. En Madrid, que ella define como una ciudad que en esos tiempos era alegre, el matrimonio fue muy feliz. Empero, aquella felicidad se vio pronto truncada porque, en febrero de 1935, les nació una niña que murió el último día de aquel mismo año, de meningitis. Ese fue su primer gran golpe en la vida y, a su marido, le entraron deseos de buscar y conocer a su padre, quizás intentando lograr cierto consuelo.
Finalmente les informaron de que era dueño de un puesto de antigüedades en El Rastro. Pero, lamentablemente, cuando fueron a verle, la suerte no les acompañó y el hombre se había marchado, el mismo día a Valencia. Y fue entonces cuando estalló la guerra. Al comienzo, aquel terrible suceso les pareció algo lejano, simbolizado, tan sólo, por un avión que lanzaba propaganda franquista, cada día, en la Puerta del Sol. Hasta que empezaron a ver soldados recorriendo el viaducto de la calle Segovia. A partir de entonces, la vida de Felisa se convirtió en un largo y penoso éxodo, que le impedía, ni tan siquiera, pararse a llorar sus pérdidas familiares. Primero fusilaron a su primo Juan, por ser de izquierda. Luego a otra prima, madre de dos hijos, por pertenecer a las Juventudes Socialistas Unificadas. A continuación a su maestro, Don Leandro, por haberle encontrado una carta de Calvo Sotelo.
Fue entonces cuando su esposo decidió hacerse guardia de asalto y defender la República. Manolo nunca había tenido un arma en las manos. Creíamos que la guerra iba a durar un mes, y no tres años, y ni nos planteamos que pudiésemos perderla. Pero Franco contaba con grandes apoyos y a los republicanos nos fallaron todos. Nos dejaron solos. Narra Felisa, con el pesar reflejado en sus ojos.
En marzo de 1937 nació su segunda hija y Manolo se instaló en Barcelona, yendo y viniendo del frente, mientras Felisa iba de refugio en refugio, hasta que los bombardeos la arrastraron a Francia. La anciana relata muchas pavorosas vivencias y, aunque el 17 de abril de 1942 consiguió reunirse con su marido, a quien habían deportado a un campo de concentración en la isla de Aurigny, del cual logró escapar en un barco, muy enfermo, señalándose el corazón declaró que nunca olvidará el día que cruzó la frontera.

