En demasiadas ocasiones nos alejamos de personas a las que amamos, por culpa de disputas absurdas. Si nos permitiésemos meditarlo, muchas veces nos daríamos cuenta de que esos altercados en realidad no tienen la importancia que le hemos dado.
En un mundo en el que muchos intentamos que la democracia triunfe, no terminamos de aceptar, sin embargo, que cada uno tiene su propio criterio. Pensamos, para amarnos, tenemos que coincidir en casi todo. Craso error. Creo que en la tolerancia radica el auténtico afecto. Ser consciente de cómo son las personas y así, tal cual, amarlas. Pero nunca sacrificar nuestro discernimiento personal. Eso es muy distinto.
Lo de pretender siempre tener razón es la mayor causa de que las discusiones terminen mal. Este es un dato estadístico, no una fuente personal mía. Nos empeñamos tanto en ser poseedores de esa razón que, al final, nos quedamos sin lo único que verdaderamente importa.
En muchas de estas discusiones, cada persona puede tener su parcelita de aciertos porque cada uno tiene su propio punto de vista, su propio criterio. Nos cuesta reconocerlo, pero es así.
Por desgracia, cuando nos peleamos podemos actuar de forma hiriente y decirnos cosas que después parecen irremediables. Posteriormente, es lógico y natural que las heridas necesiten un proceso y un tiempo para sanarse, si es que así lo deseamos, claro.
Creo que lo que más puede ayudarnos, si es lo que queremos, es la intención de, por lo menos, intentar ceder. Para ello, tenemos que mirar hacia atrás y ser conscientes de cómo fue esa relación, ahora rota, antes de la trifulca.
En ocasiones, cuando observamos el pasado, percibimos que esa relación no nos conviene y que nunca nos convino. En otras, sin embargo, nos damos cuenta de que la echamos de menos. Descubrimos que lo positivo pesa más que las miles de inútiles razones que hemos enarbolado durante el tiempo que siguió a la riña.
Opino que el mirar hacia atrás es fundamental para aclararnos. Porque, si en la lejanía nos sentimos más felices, entonces es mejor que sigamos separados. Esa decisión nada tiene que ver con el rencor. Tiene que ver con sentirse uno mejor y en paz consigo mismo. Dejar partir es también perdonar. Pero ahí da igual quien haya tenido o no razón. Lo que tiene valor es la calidad de la reciprocidad, no quien pueda ser el culpable de que hayamos chocado.
La confusión se encarga de nublar nuestras ideas, junto a la falta de comunicación y a ese baldío deseo de tener razón. Eso es lo que necesitamos tener claro en cualquiera de los casos. De esa forma nos desligaremos del dolor de forma consciente.

