Hace tiempo que sectores del país vienen estimulando la idea de una modificación a la ley electoral que permita a los ciudadanos votar en blanco y que ese sufragio sea computado. En los últimos meses, el tema ha sido dimensionado y se ha acuñado el término Ninguno, para simbolizar el rechazo que tal decisión implica a las opciones presentadas.
¿En qué consiste lo que se propone? De conformidad con la vigente legislación electoral, el voto en blanco es equiparable al nulo y, como tal, no se computa para la determinación de las mayorías requeridas para la determinación de los resultados, ya que estos se calculan a partir de los votos válidos emitidos. En una elección presidencial, si votan 100 personas y 10 de ellas lo hacen en blanco, sólo habrían 90 votos válidos y la mitad más uno serían 46. Si esos 10 votos tuvieran validez, la mayoría requerida pasaría a ser 51.
Es obvio que un mecanismo de esa naturaleza contribuye al fortalecimiento del sistema democrático en tanto y en cuanto ofrece más posibilidades a los electores y dota de una mayor legitimidad a los elegidos, además de darle sentido a la acción de quienes se molestan en acudir a sufragar y rechazan la totalidad del menú. Se trata de electores que apuestan por el sistema democrático, pero no se sienten identificados con las ofertas partidarias.
Ahora bien, ¿podrían quienes impulsan la instauración de la validez del voto en blanco eludir su responsabilidad en el fracaso que significa el hecho de que no se puedan postular candidatos por los cuales valga la pena votar? ¿Es rigurosamente cierto que no existen ofertas electorales merecedoras de nuestro respaldo en las urnas? ¿No se estarán asimilando las opciones rechazables con aquellas que sí son válidas, pero que no tienen oportunidad de ganar? ¿No se pueden mencionar en todos los certámenes anteriores ofertas mejores que las que ganaron y que no concitaron nuestro apoyo por razones muchas veces mezquinas?
Soy un acérrimo defensor del establecimiento de la validez del voto en blanco, de la opción por Ninguno, por ser un derecho de quien no se siente atraído por las candidaturas propuestas, pero más lo soy de que canalicemos nuestras energías en la construcción de alternativas capaces de derrotar a quienes se burlan de los que se desgastan impulsando sufragios en blanco que tanta falta hacen a las escasas, pero existentes, candidaturas potables. Reflexionemos.

