Un mentado merengue de calle que promueve el consumo de drogas y cuya difusión fue prohibida por las autoridades, es apenas un ejemplo de la degradación que ha sufrido la música y la composición popular, plagadas hoy de letras procaces y de notable incoherencia entre sonidos y silencio, melodía y armonía.Si, como se ha dicho, a través de la música los pueblos expresan sus perfiles psicológicos, sociales, culturales e históricos, entonces por lo que se escucha y se ve en la radio y la televisión a través de muchos intérpretes de merengue y bachata, hay que colegir que la sociedad dominicana ha involucionado.
La otrora lírica anecdótica, picarona, que recreaba a través de la música autóctona situaciones de amor, desamor, pasión, epopeyas o historia del campo y la ciudad, ha devenido en vulgaridad que insta a la niñez y a la juventud a asociarse a las más aberrantes expresiones de libertinaje.
Letristas, arreglistas e intérpretes ofenden a la gramática, la melodía, el ritmo y el afinamiento vocal para verter lodo cloacal sobre la familia, impotente de poder impedir la difusión de pornografía y expresiones afrentosas, cuyo objetivo parece ser el de alienar a la población en la cotidiana vulgaridad.
La música popular es la más relevante expresión cultural del gentilicio nacional, al punto que el nombre de República Dominicana se asocia hoy en todo el mundo al merengue y la bachata, pero con música y letras que recrean estética y enlazan a las masas con un sano entretenimiento.
Al censurar la proliferación de grosería y procacidad a través de esperpentos musicales, no se procura ofrecer lecciones de moralidad, sino de reclamar de las autoridades que cumplan con su deber, sin incurrir en censura previa, de impedir por vía de ley y programas de promoción de auténticos valores artísticos, que el torrente de vulgaridad ahogue a la sociedad toda.
Nuevas, renovadas o novedosas corrientes se expresan hoy en todos los anaqueles del arte, por medio de las cuales la juventud expresa anhelos, resabios, alegría, angustia y otros sentimientos, sin que competa al Estado represar ese torrente artístico que enriquece a la cultura global.
Es menester, sin embargo, que autoridades y familia desalienten el mal uso del arte popular que promueve sexo libre, violencia, delincuencia, excesivo consumismo y uso de sustancias prohibidas, porque por ese camino se condena a la juventud al descalabro moral y a la sociedad a la disolución.
Ojalá que con la prohibición de una barbaridad discográfica que explícitamente insta al consumo de marihuana, la Comisión de Espectáculos Públicos haya iniciado el reclamado saneamiento moral del mensaje que se emite degradante a través de la bachata, merengue y otros ritmos populares.

