A partir del 1ro de enero de este nuevo año el consumo de cannabis para fines recreacionales en el Estado de California ya es oficialmente legal. Este hito es especialmente trascendental porque California sería el Estado, territorio o demarcación territorial de mayor población del mundo en aplicar dicha medida, y ciertamente, dependiendo de los resultados que se vean allí, este podría marcar el camino no sólo para otros Estados en la Unión Americana sino para otros países en como abordar el tema general de la prohibición de las drogas recreacionales.
Toda evaluación seria sobre la fatídica Guerra contra las Drogas, que ya marcha más allá de su 4ta década, concluye en que esta ha sido un rotundo fracaso. No sólo la producción y el consumo a nivel mundial ha aumentado desde que esta empezara, sino que no obstante los gastos astronómicos incurridos por los distintos países en su persecución sólo han servido para enriquecer aún más a los que explotan el mercado negro que esta alimenta.
Más aún, la prohibición no sólo ha sido un desperdicio de recursos para las naciones consumidoras sino que ha representado una verdadera catástrofe para los países productores y los países “puente”, como el nuestro, que no sólo han pagado de sus ingresos fiscales la persecución, sino que les ha sumado violencia, delincuencia y el debilitamiento de sus instituciones debido a la rampante corrupción.
El empuje hacia la legalización a nivel estatal en los Estados Unidos debe ser aprovechado por los países latinoamericanos, quizás las mayores víctimas de la prohibición, para bajo una sola voz exigir un replanteamiento de las políticas contra las drogas en los distintos foros internacionales donde el clamor cada vez más extendido por un cambio no ha recibido siquiera algún formal reconocimiento.
El problema del consumo de drogas debe empezar a ser visto por lo que es, un tema de salud pública, y no una situación de política represiva del Estado. Esto ha venido afectando especialmente a las economías y la calidad de vida en países como el nuestro, donde el mercado negro que sostiene esa industria constituye la principal fuente de violencia en nuestras calles, y que, una vez traído a la luz por virtud de la descriminalización, eliminaría los incentivos perversos que alimentan ese círculo vicioso que viene sirviendo como una de las mayores retrancas contra nuestro desarrollo.
Sé que por el momento el ejercicio que hago en este artículo en nuestro país constituye ser “la voz que clama en el desierto”, y que posiblemente estemos demasiados condicionados culturalmente como para evaluar estos temas fríamente, pero me da tranquilidad saber que California no fue el primero ni será el último en dar este paso, y que el tener que replantearnos estas políticas no serán un tema tabú en el futuro mediano, sino que llegará el día en que lo veremos por lo que siempre ha sido, algo de sentido común.

