Escribo estas líneas desde “las entrañas del monstruo”, como decía Martí, precisamente desde donde han salido las amenazas de siempre contra Cuba, contra mi Cuba. Pero debo dejarlo para luego, pues es imposible no referirme a la tragedia del Jet Set, a un año de la misma.
Escribí a los pocos días: “Todo el mundo, aunque no hayamos tenido algún familiar o amigo allí, andamos como zombis”. He leído muchos comentarios sobre este trágico suceso, que conmovió al mundo, y el pasado Domingo de Ramos asistí a la misa correspondiente a la comunidad donde está Jet Set. Pero nada más atinado que este comentario del psicólogo Víctor Castillo: “La película ‘Cuánto vale la vida’ nos presenta la compleja tarea de Kenneth Feinberg, un abogado encargado de liderar el Fondo de Compensación para las víctimas del 11-S. La narrativa explora los profundos dilemas morales que surgen al intentar asignar un valor económico a la pérdida de vidas”.
Más adelante agregué: “Trasladando esta reflexión a la tragedia del Jet Set, esta puede, paradójicamente, catalizar un despertar en la sociedad, fortaleciendo la solidaridad, la empatía y una profunda reconsideración de los valores esenciales que nos definen como seres humanos”. Los tres días de duelo, celebrados en los escombros, así lo muestran.
También aseguré que a los dueños no les iba a pasar nada, y que el olvido sepultaría aún más a los 236 muertos, fruto de la negligencia y el afán de riqueza.
Ambas cosas, hoy, se han cumplido.
Reitero que se mantendrán las cosas tal como están, en un país donde impera la impunidad, la ley del más fuerte y, sobre todo, el poder del dinero.
Tranquilidad y resignación a los familiares y amigos, y a quienes, como un servidor, perdieron parte de su esencia. Y plena recuperación a los heridos, que es lo menos que podemos pedir en “algo más que salud”.

