Adaptación en soledad



Muchos años después, frente el pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

No tenía la menor idea del significado de esa frase ni hacia donde debía conducirme.
Al estudiar Macondo me sentí como Alonso de Ojeda cuando llegó a Colombia sorprendido de sus familias, mitos y orígenes imaginando las historias que cuentan sus pobladores.

Gabriel García Márquez tuvo el deseo de que sus obras nunca adaptadas a la pantallas porque perderían la imaginación. El nunca dio una descripción de sus personajes, paisajes ni fechas. Tan amable fue que nos regaló esos espacios en blanco para llenarlos nosotros mismos.

El lenguaje, la estructura y la forma cinematográfica nunca seguirán los mismos lineamientos que la literatura. Si bien el desarrollo narrativo y de personajes es de gran importancia en ambas áreas, la forma de escritura como tal entre uno y otro sigue diferentes reglas.

El lenguaje literario, independientemente del estilo y la temática, siempre cuenta con un poder más reflexivo y detallado. Es común encontrar que las novelas, los cuentos y las historias cortas se construyen a través de la descripción tanto de espacios, situaciones, sentimiento y pensamientos.

Cuando un libro es adaptado a la pantalla, el guión, por su parte, lo constituyen escenas, diálogos e ideas; los actores, perdiéndose en el proceso de adaptación el análisis que el autor deja en libros y que ha plasmado en su obra.

La adaptación de Cien Años de Soledad para Netflix está por acabar con la imagen de Macondo guardada por cada lector para edificar y presumir la escena vista por ellos.

No necesito 65 años para sentirme puro ni cada minuto de mi vida para decir que la televisión, la pereza y la ignorancia para apoyar una adaptación en contra de los deseos de su autor. Será una “mierda”.