Opinión

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Yuleydis y Sobeida

Harold Priego interpretó una realidad y creó a Yuleydis, la “novia” o “querida” o “amante” del funcionario corrupto -¿pleonasmo?- Tulío Turpén.

(Tulío, con acento ortográfico de palabra aguda en la “í” y no, prosódico de palabra grave,  en la “u”. De que “todo el mundo” haya preferido Tulio, para escribir y pronunciar, allá “todo el mundo”).

Mucho tiempo después de esa creación, aceptada por la mayoría como uno de sus aciertos, la realidad política creó a Sobeida, supuesta “novia” o “querida” o “amante” del narcotraficante puertorriqueño José Figueroa Agosto.

(“Narcotraficante”, no supuesto, porque cuando escapó de una cárcel federal en Puerto Rico cumplía 109 años de prisión convicto por ese crimen).

Por astucia y/o por todo el dinero que tiene, el prófugo llegó a Santo Domingo, donde vive y hace su negocio desde hace unos diez años, “a la diestra del Padre”, con tres falsas identidades dominicanas –tres cédulas, vale decir-, y con un carnet de la Dirección Nacional de Investigaciones -¿expedido con una de sus identidades dominicanas o con la boricua?

Yuleydis es una muchacha joven, bonita y muy bien formada a la que ni por asomo le parece algo incorrecto su relación “de cortina” con Tulío. La ingenuidad de que hace galas le viene de su “formación”, o de la falta de formación de esa “formación”.

Tulío le dice que la quiere y paga ese amor con la compra de un apartamento, carro, ropa, joyas y “accesorios” y viajes, todo de lujo, y la muchacha entiende que ha tenido muy buena suerte, como quien gana un loto.

Sobeida, de más o menos los mismos atributos físicos, agrega a su imagen lo que no puede Yuleydis, personaje de ficción de una sola dimensión a la que sólo se conoce y puede analizar a través del trazo de su dibujante.

En posesión de un dinero importante y relacionada con quien se lo ha provisto y pudiera proveerle más, la joven de Gaspar Hernández ha sufrido la metamorfosis del nuevo rico.

Un apartamento, carros, viajes, joyas, accesorios y acceso a todos los lugares caros cuya boleta de entrada es una tarjeta de crédito sin límites, han dado a Sobeida la desenvuelta altivez que imprime a sus fotografías e imágenes de televisión.

No es una muchacha ingenua. Luce saber lo que tiene entre manos, la realidad que maneja y, además, estar convencida por la práctica de que el dinero abre todas las puertas y compra todas las complicidades, civiles y militares, políticas, judiciales y socioeconómicas.

Durante muchos años, no se discutió el reinado de Yuleydis pero eso era en el mundo de la ficción que busca copiar la realidad.

Ahora reina Sobeida, del oscuro mundo de la caricaturizada realidad que busca superar a la caricatura de la ficción.

El Nacional

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