Gracias, Rosita
Sin haber sentido sus pasos, de repente, la vi debajo del dintel de aquella desvencijada puerta. Minuciosamente, observó el angosto espacio de aquel cuartucho dividido en dos espacios. En él vivíamos, precariamente, cuatro jóvenes. Miró con disimulo mi torso, para luego exclamar: “pero usted parece un luchador”. Y vino la tanda de reclamos porque hacía […]
