La cara más visible y espantosa de la corrupción es el enriquecimiento a través del robo de recursos públicos. Y más horrible todavía resulta el rostro cuando esa práctica se acompaña de la ostentación, el abuso y la impunidad. República Dominicana ha sido víctima de la sustracción de fondos destinados para salud, educación, seguridad, infraestructura y otras inversiones sin mayores consecuencias para depredadores cobijados en el poder político.
Pero como reconoció Transparencia Internacional en su informe sobre la percepción de la corrupción aquí, la cultura todavía está lejos de erradicarse, pero bajo la actual gestión ha disminuido sustancialmente, en gran medida gracias a la vigilancia y el sometimiento de quienes siquiera hayan intentado meter la mano.
A pesar de casos como el de Senasa, de detenciones y extradiciones de perremeístas por narcotráfico y de falsos rumores que se han puesto a circular como recurso para desmoralizar a la población, lo cierto es que la calle valora la integridad de la actual Administración.
No es que algunos funcionarios no exploren la manera de beneficiarse, como cualquiera que haya tenido la oportunidad, sino que sabe muy bien que si lo detectan tendrá que atenerse a las consecuencias sin importar la trayectoria y los méritos alcanzados en el partido. Ese control tan estricto ha gravitado negativamente en la eficiencia y agilización de distintos procesos por el temor de rozar hasta con la imaginación una línea roja.
Tan duro ha castigado la corrupción a este país que hay muchas fortunas que no resisten ni siquiera una mirada, que el paso del tiempo se ha ocupado de legitimar. Porque al menor intento por escrutarlas de inmediato aflora el recurso, como ha ocurrido en algunos escándalos de que se trata pura y simplemente de persecución política.
La Administración pública no ha dejado de ser una oportunidad por el buen salario, el prestigio y la recompensa de nombrar servidores. Pero hay que decirlo y repetirlo: bajo la gestión del presidente Luis Abinader la corrupción, entendida como enriquecimiento ilícito, ha encontrado un valladar que no ha sido fácil saltarse.
Es la razón por la que en el índice de percepción del flagelo de Transparencia Internacional en los últimos cinco años el país ha avanzado 37 puntos, descendiendo al puesto 99 entre 182 países. Todavía está distante del promedio, 42 sobre 100 en la región, pero con la vigilancia y los controles es alentador el sendero que se transita.
En un momento en que según la organización la corrupción empeora en todo el mundo es más significativo el avance registrado por República Dominicana en la batalla contra ese cáncer.

