Opinión Articulistas

Con los pies en la tierra

Con los pies en la tierra

Luis Pérez Casanova

España e Italia negaron a Estados Unidos utilizar sus territorios para abastecer sus aviones en la guerra contra Irán. Si bien los dos países europeos no están ni por asomo al mismo nivel económico y militar de la potencia norteamericana, la decisión, que tanto irritó al presidente Donald Trump, es un lujo que pueden darse en razón de la geopolítica.

  Por más que se hable, incluso que se quisiera, República Dominicana sabe que por estar en el área de influencia de Estados Unidos, que por demás es su principal socio comercial, no puede negarle “un favor”, no solo sobre la acogida de manera transitoria de migrantes deportados, sino de cualquier otra índole. No es cuestión de sumisión. Es pragmatismo.

No es más que supina ignorancia o mera necedad invocar soberanía, dignidad y otros valores en torno a la solicitud, o la imposición, de facilitar el territorio como escala para trasladar a sus países de origen a personas expulsadas de Estados Unidos. Más cuando el proceso no significará la erogación de un solo centavo, porque Washington cargará con todos los gastos que suponen los trámites.

Cierto que el presidente Luis Abinader había proclamado  hace alrededor de un año que no iba a aceptar ni tenía la obligación de aceptar a personas de otros países, pero también lo es que las circunstancias han cambiado.  Se ha tenido la dignidad de poner algunas condiciones, entre ellas la no aceptación de ciudadanos haitianos ni condenados por actos delictivos. Y República Dominicana tampoco es el único país de la región que acoge a los deportados. Aunque no sea una justificación vale resaltar que acuerdos similares han sido alcanzados por El Salvador, Costa Rica y Panamá.

 Al margen de la numerosa comunidad dominicana en Estados Unidos, tampoco ha de olvidarse para cuestionar el acuerdo  la cooperación que recibe este país de la potencia del norte. A  la hora de la verdad los intereses son los que determinan las decisiones. Todos saben que si por principios este país sale de la órbita de Washington, por no ceder en algo,  es más lo que se pierde que lo que se gana. En las circunstancias actuales hay que tener los pies sobre la tierra.

No son los tiempos de las tensiones de la  guerra fría, en los cuales la llegada de migrantes como punto intermedio para ser enviados a sus países, era vista como una maniobra para espiar y conspirar a políticos y  contra la democracia.

Las explicaciones sobre el acuerdo migratorio ofrecidas por el canciller Roberto Álvarez son más que convincentes. Pero si alguien entiende que el convenio atenta contra la soberanía, al margen de nostalgia patriotera, está abierto el  camino de la justicia para impugnarlo.