Aunque la Oficina Nacional de Meteorología advierte sobre el inicio de una cruenta sequía que disminuirá sensiblemente los caudales en las regiones Sur, Sureste y Suroeste, hay que decir que desde octubre pasado no llueve o son escasas las precipitaciones en esas regiones, por lo que los efectos de la falta de lluvia serían aun peores para la agricultura y la pecuaria.
Mucho antes del inicio del inicio de la Cuaresma, período de tradicional sequía, en las zonas mencionadas hay un pronunciado déficit de precipitaciones que ponen en peligro los cultivos de musáceas, granos, frutas y legumbre, lo que sin dudas acentúa la situación de miseria y marginalidad de gran parte de sus poblaciones.
Es por eso que se reclama al Gobierno el diseño y aplicación inmediata de un programa de asistencia a productores de esas regiones, severamente afectadas por la sequía, que de prolongarse pondría en riesgo de hambruna a comunidades del Sur y Suroeste.
En una amplia zona de las provincias del cercano Sur (San Cristóbal, Peravia y San José de Ocoa) hace tiempo que no cae una gota de agua, por lo que hay que imaginarse lo que ocurre o podría suceder en provincias como Azua, Barahona, San Juan, Independencia, Baoruco, Pedernales y Comendador.
Se requiere que el Ministerio de Agricultura, Institutos de Recursos Hidráulicos (Indrhi), de Aguas Potables (Inapa) y demás agencias del sector agropecuario, acudan en auxilio de pequeños y medianos productores, a los fines de que puedan tener acceso al agua disponible y asistencia técnica para disminuir los estragos que causaría una prolongada sequía.
El Gobierno no debería esperar que los lamentos de las comunidades afectadas por la carencia de lluvia y la disminución de sus caudales, se escuchen a las puertas del Palacio Nacional, para entonces abordar un drama que es menester afrontar de inmediato.
La sequía que pronostica Meteorología, significa disminución de la oferta alimentaria, mayor carestía de precios, incremento de las importaciones, más hambre y miseria para los asentamientos humanos, ya agobiados por la marginalidad extrema.
Los residentes en metrópolis urbanas, muchas veces insensibles al drama rural, deberían rogar para que llueva pronto en el campo, o tendrán que pagar lo que no tienen para poder comer arroz, habichuelas, carnes, plátanos, y legumbres. Crucen los dedos.

