El coronel de la Policía apresado junto a un sargento y un cabo de la institución durante una supuesta transacción de diez kilos de cocaína en Licey al Medio, llevaba poco más de un mes como jefe antidrogas de Santiago y el Cibao Central y se afirma que es un oficial con amplio currículo académico, por lo que es difícil entender por qué gente así se involucra o es involucrada en un crimen de lesa humanidad.
Sólo una crisis moral de amplio espectro podría explicar que oficiales superiores de las Fuerzas Armadas y la Policía pongan sus carreras en peligro, arriesguen condena de muchos años o a perder propia vida para intentar conseguir dinero fácil a través del tráfico de drogas o delitos conexos.
Aunque se resalta los esfuerzos que realizan los mandos militares y policiales para sanear sus filas de individuos proclives a ese tipo de inconducta, es menester insistir en que algo anda mal en una sociedad donde se cree que al camino de la buena vida se llega por los fangos de la delincuencia y la criminalidad.
El nocivo efecto demostrativo de la riqueza que genera la droga y la prevaricación en una nación colmada de precariedades e injusticias es como una inyección de cloroformo sobre un cuerpo vivo, porque destruye toda la vitalidad que debe tener un pueblo para labrarse camino sobre la base de trabajo honrado y productivo en un régimen jurídico de equidad e igualdad.
No se diga que un coronel, un sargento y un cabo se involucran o son acusados de narcotráfico sólo porque el salario que perciben es bajo, pues si así fuera el 85 por ciento de los profesionales y trabajadores se tirarían por ese despeñadero, porque sus ingresos no alcanzan para cubrir necesidades básicas.
Se admite que la exclusión o marginalidad social genera delincuencia, pero de lo que aquí se habla es de gente preparada, con luminoso porvenir laboral o profesional que decide trillar camino de la perdición en procura de una fortuna que, en la mayoría de los casos, se convierte en sal y agua.
El auge del narcotráfico y de formas de corrupción tales como prevaricación, evasión de impuestos, prácticas desleales de comercio, así como brotes de homicidios, ejecuciones, sicariato, secuestros, asaltos y violaciones tienen múltiples causas, pero la primera de todas, sin duda alguna, es la crisis moral y ética que subyuga a la nación.
Sin menoscabo de todas las iniciativas sociales, jurídicas y de prevención para frenar el crimen y la corrupción, se requiere que la sociedad toda inicie desde hoy mismo una cruzada moral que reivindique los valores cívicos extraviados tales como la honestidad, el decoro, la decencia, el recato familiar, el respeto a la ley y la vergüenza.

